miércoles, 27 de mayo de 2015

Adiós a los papeles, algunos los han perdido


Después de los resultados de las elecciones en general, y en la Villa de Madrid en particular, uno creía que la clase política dirigente iba a tener alguna reacción, ya no digo que cayeran del caballo y descubrieran la necesidad de cambiar el rumbo, sólo aspiraba a algún tipo de cambio pero, desde luego, no el que pudimos ver ayer.

Descubrir a Esperanza Aguirre en rueda de prensa afirmando que está dispuesta a entregar la alcaldía al PSOE, con tal de que no gobierne la "izquierda radical que sólo ha obtenido el voto del 31% de los madrileños" que, sin embargo, por una abrumadora mayoría del 62% han votado por los partidos democráticos, digamos buenos, confirma el hecho de que aquí cada cual usa las matemáticas a su antojo.

Sin restar veracidad a que la suma de Aguirre es correcta, en términos estrictamente matemáticos, hay cosas que no me entran en la cabeza. Empezando por la afirmación de Esperanza Aguirre de que Ahora Madrid es un partido que está fuera del espacio democrático de nuestro país, debe ser que los votos se los dieron en una tómbola.

El tan criticado por la candidata electa del PP prurito de pureza con el que se presentaba Podemos ahora, parece, que le asiste a ella en lo que a estirpe democrática se refiere. Y, por si fuera esto poco, además, se ha ofrecido a encabezar un proyecto regenerador para el Partido Popular de Madrid, como si ella no hubiera tenido nada que ver en el diseño orgánico y político de esta agrupación.

Hay en todo ello cierto olor a esos cordones sanitarios indignos que ya surgieron contra el PP tiempo ha y que, parece, que este partido está dispuesto a recuperar, dado que también Rita Barberá ha propuesto algo similar.

Creo que hay gente que no ha entendido nada. Señores Ozores y su ¡Que Vienen los Socialistas! o, en su versión moderna y Popular, ¡Que Vienen los Rojos Bolivarianos! ya no sirve. Los avisos de que Madrid se va a desintegrar en el mar de políticas comunistas que van a destruir la ciudad no es creíble. Más allá de que las potestades normativas de un Ayuntamiento prácticamente impiden que se puedan aplicar medidas de largo alcance que pudieran modificar nuestro marco de convivencia, y de que las propuestas de Ahora Madrid se dirijan, esencialmente, a alterar las  prioridades públicas de la administración, seamos serios, la única forma de destruir una ciudad que la experiencia nos ha demostrado es endeudarla hasta la ruina y, en el caso de Madrid, ese trabajo ya está hecho.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Por una campaña de debates II


Cuando hace unos días escribí sobre la ausencia de Cristina Cifuentes en un debate de candidatos en la Universidad Carlos III de Madrid, lo hice esperando que se celebraran los, cada vez más frecuentes en España, debates electorales televisados. Y en esas nos encontramos, en el ojo del huracán, entre el debate de candidatos a la Comunidad de Madrid ya celebrado, y el más que previsible caos de minidebates que se van a celebrar entre los candidatos a la alcaldía de Madrid.

El debate a seis bandas entre los candidatos de Ciudadanos, PSOE, PP, IU, Podemos y UPyD (por orden de posición de izquierda a derecha) fue más bien soso, con tendencia a lo anodino, envuelto en una aureola de consenso y buenas intenciones poco creíbles y con algunos candidatos navegando entre la bruma de discursos ininteligibles.

Siguiendo el orden establecido, el candidato de Ciudadanos, Ignacio Aguado, estuvo falto de intensidad en algunos tramos del debate, desubicado en algún momento frente a la cámara y correcto y atinado en los momentos en los que exponía sus propuestas, muchas desconocidas, y otras tergiversadas por la propaganda electoral de otros. Perdió la oportunidad de contestar con contundencia a Cristina Cifuentes cuando esta cometió el error de afirmar que, "en una herencia de un inmueble, que no sea la casa habitual, de 250.000€ con el PP el heredero pagaría tan solo 500€, mientras que con el resto de partidos pagaría no menos de 50.000€". Aguado, que ya había explicado su propuesta de modificación del impuesto de sucesiones, se limitó a decir, casi con timidez, al borde de pedir perdón por la corrección, que esa afirmación era falsa. Cierto es que acaba de llegar, pero ha de darse prisa en coger el ritmo y el tono adecuado para competir con garantías en el debate político, porque si no lo hace, propuestas interesantes como su reforma fiscal, la transparencia administrativa o la reforma de los curricula docentes terminarán por dormir el sueño de los justos.

Angel Gabilondo, el candidato del PSOE, fue el que más navegó entre las brumas oscuras de un discurso mal estructurado en el que se agolpaban demasiadas ideas para el escaso tiempo del que disponía y cuya bandera fueron las "soluciones, pero soluciones justas". Aquejado de un mal habitual en catedráticos que no acostumbran a tener su tiempo de exposición limitado,  no todo fue opacidad, tuvo momentos de claridad expositiva y una amplia gama de propuestas. Evitó la confrontación directa, y siempre con sus formas de hombre tranquilo contestó a algunas de las provocaciones, recordándole su pasado de ministro socialista, que le lanzó, especialmente Cifuentes. En definitiva Gabilondo demostró que quizá sea el político idóneo para una legislatura basada en el pacto y la negociación, pero que no lo es para este tipo de debates.

Cristina Cifuentes, candidata del PP, intentó encarnar, ya desde por la mañana en un conocido matinal, el papel de víctima en el debate, un papel que no le cuadra a ella y que no es, en absoluto, creíble. Era sin duda la candidata más dispuesta a la batalla, más dispuesta al debate en estado puro, pero limitada por la necesidad de entenderse con los que le rodeaban y, por qué no decirlo, por una realidad que no la ayudaba demasiado. A parte del error con Ciudadanos, hubo un enfrentamiento estéril con el candidato de Podemos sobre datos de financiación de sanidad y educación que no alcanzó conclusión, y un intento de desacreditar a Gabilondo con datos interesados (llamémosle trampas) que generan cierta imagen negativa. Cifuentes se defendió de los que pudo, recordó continuamente su programa electoral, nos prometió, como tantos otros antes, bajarnos todos los impuestos e ignoró algunos temas que no tienen explicación (como por ejemplo la política de cesión de suelo público para la construcción de colegios privados, o la permisividad respecto de la no gratuidad de los colegios concertados). Salio viva, aunque no reforzada.

El papel de Luis García Montero, aunque en apariencia secundario, resulto ser de más interés del esperado. Más allá de las propuestas, algunas interesantes como la creación de una mesa jurídica de estudio de la contratación pública para luchar contra la corrupción, consiguió trasladar la imagen de un hombre tranquilo, dispuesto a dialogar y trabajar, eso sí, con una premisa previa, que quizá desmienta lo anterior, "expulsar al PP de las instituciones".

El caso de José Manuel López, candidato de Podemos, es distinto. Buscó el enfrentamiento directo con el PP desde el principio, como parte de la estrategia para mostrarse alternativa, aunque no se perdió en él e introdujo muchas de sus propuestas, que se pueden resumir en tres. En el plano económico pretenden fundar un "banco del agua", sea lo que sea eso y sirva para lo que sirva, parece que se refieren a convertir al Canal de Isabel II en un banco público, váyase usted a saber por qué. En el plano de la lucha contra la corrupción la solución son ellos y la transparencia, sin más, ser transparentes y "echar a los que han convertido la corrupción en una forma de gobierno en Madrid". Y respecto de la educación y sanidad su pretensión es volver a la división por zonas de influencia de la región, es decir, impedir que los madrileños acudan al médico o al colegio que deseen (sujeto siempre a disponibilidad) y obligarles a ir al que les toca, que ya se encargarían ellos de que todas las necesidades estuvieran atendidas. En todo caso nada que no fuera esperable, lo que les queda es decidir si les gustan las propuestas.

Y por último, el extraordinario caso de Ramón Marcos, que más allá de su cambio de look a medio debate, y su imagen de listillo, reforzada por guardarse más de tres minutos en el primer bloque a los que ya nadie le podía contestar y, también, por algunas intervenciones incomprensibles como la que hizo en el bloque de corrupción sobre el salario de los políticos, hizo un debate interesante. Aprovechó la experiencia de estos cuatro años en la asamblea para tratar multitud de temas sin respuesta por parte del PP al que acusó de falta de transparencia, y cargó contra el resto de partidos con representación por repartirse la administración de justicia, el Consejo Consultivo o la Cámara de Cuentas de la Comunidad de Madrid. Ellos quieren cambiarlo todo y, "si de ellos depende, se hará todo."

En resumen, más que un debate, seis intentos de mitin. Un ejercicio televisivo estéril, largo, aburrido por momentos y, en general, desaprovechado por unos candidatos con demasiado miedo a equivocarse. Uno cuando ve esto siempre se pregunta, ¿si es un debate y no una conferencia dónde está el público que pregunte? ¿por qué no hay obligación de preguntar y responder por parte de los candidatos? ¿sirve el moderador para algo más que controlar el tiempo? En definitiva, ¿dónde está el debate?

miércoles, 6 de mayo de 2015

Por una campaña de debates


¡Estamos en campaña electoral! o no, según se atenga uno a la ley o a los hechos. Pero ¡Estamos en campaña electoral! por si alguno de ustedes aún no se había dado cuenta. Y en medio de esta precampaña, por ser correcto en los términos, uno esperaría algo nuevo y diferente respecto de las anteriores, aunque solo fuera por el cabreo monumental y el hartazgo generalizado que embarga a los españoles y los separa de los partidos políticos que, tradicionalmente, han sido mayoritarios.

Pues bien, ni se les pase por la cabeza que vamos a ver algo distinto a los tan manidos encuentros de amigos convencidos, también llamados mítines, con la esperanza de colar un titular o, en su defecto, protagonizar una pieza de un minuto en el telediario de las nueve. 

Ni los nuevos partidos, ni el clamor social parece que consigan hacer reaccionar a los partidos tradicionales y acercar a sus candidatos hacia nuevas formas de hacer campaña. como por ejemplo participar de manera activa en iniciativas de debate con el resto de partidos o con los ciudadanos. 

Obviamente los partidos necesitan seguir produciendo noticias a diario para que sus candidatos sean conocidos y sus promesas, de verdad o de mentira, lleguen a oídos de los posibles votantes. Sin ánimo de negar este trabajo de campaña, imprescindible, creo que es necesario exigir a nuestros futuros representantes un verdadero compromiso con el debate público, compromiso que, según parece, no todos tienen.

No pretendo glosar las ventajas de un debate abierto, participativo, dinámico y alejado de los corsés que diseñan los jefes de campaña para sus candidatos. Todas las virtudes que yo pudiera explicar serían entendidas como riesgos por un equipo de campaña temeroso, y los hay, y son muchos. Mi única intención al escribir este breve artículo es alabar el trabajo realizado por unos estudiantes comprometidos con una política mejor, un simple grupo heterogéneo de estudiantes, con distintas opciones ideológicas que pretendieron hace unos días, en la Universidad Carlos III de Madrid, ofrecer un debate cercano con todos los candidatos con opciones de representación en la Comunidad de Madrid. Desgraciadamente, a un Aula Magna abarrotada, como no se veía desde hacía tiempo en la Universidad, se le escamoteo un debate completo, puesto que faltó por venir una candidata.

Considero, desde mi posición de votante y ciudadano político, que es de vital importancia valorar las propuestas de un partido político antes de decidir el voto, pero también que es imprescindible comprender, desde una posición de observancia activa, qué tipo de política estamos votando, qué modelo de relación con la ciudadanía estamos eligiendo y qué sistema de rendición de cuentas estamos avalando, si uno basado en la cercanía, el debate y la exposición clara y abierta de los argumentos y los resultados u otro distinto y, quizá, ya conocido por todos.

No sé si la ausencia de Cristina Cifuentes en el Debate organizado por la Asociación Demos en la Universidad Carlos III de Madrid es la plasmación de su forma de hacer política, o sólo una mala decisión de su equipo de campaña, lo que sí sé es que no es un buen comienzo para una nueva candidata que, quizá, estuviera en disposición de cambiar algunas cosas, pero sólo si realmente quiere.

 Para las propuestas, para el debate, para las preguntas y las respuestas, os enlazo el vídeo del evento.

https://arcamm.uc3m.es/arcamm_3/item/show/499c08c4ce13493d8b85adbd606c0557?order_label=g_publish_date+DESC



lunes, 26 de enero de 2015

¿Se moverá la inmóvil política europea?


Europa se acostaba ayer, después de un largo, lento, anodino y tedioso recuento, con la noticia de la victoria de Syriza. Nada nuevo bajo el sol, nada que no se supiera desde hacía meses y, aún así, se palpa la desazón y el desconcierto en la prensa de este viejo continente y, por lo general, en ese heterogéneo grupo de personas que integran lo que la ortodoxia acierta en llamar "moderados".

Yo, que creo que cumplo con los requisitos socialmente exigidos para considerarme un miembro de tan selecto grupo al que, por otra parte,  cree pertenecer todo aquel que sea preguntado, también los votantes de Syriza o Podemos en España, me pregunto, ¿a qué viene tanto escándalo, tanto miedo, tanta precaución contra el nuevo gobierno griego?

Pongamos en perspectiva algunas cuestiones relevantes a la hora de juzgar un gobierno o, como en este caso, un programa de gobierno. No parece que vayan a destruir el sistema democrático griego, tampoco han propuesto, hasta ahora, medidas que violen los Derechos Humanos, ni las convenciones internacionales, incluyendo los tratados de la Unión Europea, de los que forma parte Grecia. En definitiva, lo que presuntamente quieren hacer es invertir la política económica de la Unión, y ya veremos que pasa.

Entra dentro de la normalidad democrática, alterada por algunas maniobras de las instituciones de la Unión Europea en los últimos años, la llegada de nuevas ideas, de nuevas formas de hacer política y de pensar, de nuevas propuestas para los problemas de siempre, y esa llegada es la que se ha vivido en Grecia y la que estamos viviendo en España. El problema no es la aparición de personajes como Alexis Tsipras o Pablo Iglesias, el problema no son sus ideas, o sus orígenes intelectuales y políticos, que por cierto no son los mismos. El verdadero problema es, quizá, que en Europa tenemos una política anquilosada en el pasado, inmovilista, sin flexibilidad, prácticamente incapaz de dialogar con nuevos actores, encerrada en unos nacionalismos cada vez más exacerbados y dividida por la brecha norte sur de manera cada vez más clara.

No tengo ninguna duda de que algunas de las propuestas de Syriza, de Podemos o de otros partidos similares son absolutamente irrealizables, simple y llanamente porque las matemáticas son una ciencia exacta, y si no te salen las cuentas y no puedes pagar el coste de tus promesas, no las vas a poder cumplir. Pero la política europea en vez de contestar a esas propuestas con medidas realistas, que mejoren la calidad de vida de los ciudadanos, que resuelvan realmente la dramática situación que se vive en Grecia, ha optado por intentar pintar de rojo, con cuernos y tridente, a estos homines novi, eso sí, sólo después de poner y quitar gobiernos o, como en el caso de Grecia, gobernar directamente el país, ofreciendo el caldo de cultivo en el que estos partidos han crecido.


Puede ser un espejismo, pero algo parece estar moviéndose en el sufrido sur de Europa. La forma de hacer política ha cambiado, surgen nuevos líderes, surgen nuevas propuestas, surgen nuevos partidos y la relación de fuerzas se altera. Las viejas formas, los viejos lideres y las viejas medidas parecen haber caducado ante un nuevo impulso.


Es el momento de asumir la responsabilidad y de afrontar un debate público y abierto sobre la política en Europa, dejando atrás las acusaciones falaces, los eslóganes fáciles, y los ataques personales. Respondiendo a las preguntas complicadas, mostrando las propuestas programáticas, los principios ideológicos y las medidas concretas que cada uno pretende desarrollar y dejando que los ciudadanos elijan en libertad.

Al final, si los grandes partidos siguen despreciando a los pequeños y a los nuevos, negándose a debatir con ellos sobre el fondo de sus diferencias, descalificando a unos (Podemos) e ignorando a otros (Ciudadanos), serán los últimos responsables de que los ciudadanos votemos sin conocer las verdaderas consecuencias de nuestra elección, y las encuestas indican con mucha claridad hacia donde caminan las preferencias de la sociedad española. como lo hacían con las de la griega.

Las fuerzas políticas que tradicionalmente han capitalizado el voto de los "moderados" sufren un proceso de descalabro monumental aliñado, en el caso de España, por el más absoluto descrédito y la más negligente dejación de funciones en lo que a la pedagogía política se refiere. En esta situación el rápido auge de partidos nuevos es la consecuencia lógica, lo que resulta absolutamente incomprensible es que, desde los grandes partidos tradicionales la única respuesta que se ofrezca es que ellos son mejores y los otros unos pobres locos descarriados que, mucho me temo van a hacer descarrilar a más de uno.

Pero no se asusten, esto es la democracia y en estos momentos difíciles es precisamente cuando los ciudadanos tenemos que ser votantes concienciados y responsables, aunque hayamos perdido la práctica y no recordemos cómo se hace.
  

jueves, 20 de noviembre de 2014

Pantomima nacional


Entiéndase por pantomima "comedia, farsa, acción de fingir algo que no se siente". Y esto es precisamente lo que hemos podido ver que en días anteriores ha sucedido en el Congreso de los Diputados a cuenta de los viajes de sus Señorías.

La polémica, creo, ha excedido los términos de un debate racional. No considero que nuestros representantes públicos deban informarnos de cuando van a comprar el pan o a visitar a sus progenitores el día de su cumpleaños. No. Pero no es descabellado pedirles que justifiquen los gastos que cargan a las cuentas de las Cámaras, sean viajes o cualesquiera otras actividades, y que esa información nos sea accesible, no para fiscalizarles, sino para decidir si un uso u otro de esos fondos públicos debe afectar a nuestro voto en unas futuras elecciones.

Ante la legítima reclamación de una ciudadanía cansada de despertar cada lunes con nuevas y, si cabe, más escandalosas detenciones que la semana anterior, los grupos parlamentarios en un ejercicio de reflejos políticos, nótese la ironía, reaccionaron negando la mayor para, después, siempre después, aceptar la necesidad de algún mecanismo de control.

Y bien, el mecanismo de control diseñado, no sin la numantina resistencia de algún diputado como el Presidente del Congreso, vino a ser una pantomima. Decidieron que quién mejor para controlar el gasto que hacen que los mismos que realizan ese gasto y, eso sí, como si de la piedra filosofal se tratara, pondrían a disposición del ciudadano, para que pudiera ejercer un verdadero control, la información de todo el gasto realizado en concepto de viajes por los parlamentarios, sin identificar el motivo de los viajes, ni su duración, ni el viajero, ni el coste de cada uno, es decir, pura mímica, la otra definición de la palabra pantomima.

Ahora bien, en un nuevo ejercicio de cintura política, o de filosofía marxista, la de Groucho, en horas veinticuatro el PSOE ya había cambiado de idea sobre el pacto alcanzado, y ellos, motu propio, iban a publicar toda la información desglosada de sus diputados y senadores.

Terminaremos pasando de la política de la pantomima a la del teatro del absurdo, y si no, al tiempo.

lunes, 13 de octubre de 2014

Hay que volver a los clásicos



Tras tanto tiempo en silencio, y escuchando de fondo a Ana Belén, hoy me siento con ganas de escribir y volver a los clásicos, no de la música española de finales de siglo, que también, sino a los clásicos del pensamiento político en los que no siempre, pero con una frecuencia inusitada, seguimos encontrando respuestas a problemas actuales, a problemas que creamos por diversión , entretenimiento o convicción y que terminan por convertirse en una preocupación constante de soluciones, todas, insatisfactorias. No les digo de qué hablo, ya lo sabrán.

En efecto, no hablo de los lanzamientos hipotecarios, aunque podría ser dado que hoy estoy usándolo como ejemplo en clases de Filosofía del Derecho, hablo de Cataluña o Catalunya como prefieran. Hablo, en definitiva, de usted y de mi, de todos, de la forma en la que vivimos, de las relaciones sociales de vecindad, de libertad, democracia y derecho, o de Libertad, Democracia y Derecho.

Pero lo hago con espíritu tranquilo y honesto, por lo que se acabaron los juegos de palabras tramposos, las verdades a medias, los titulares impactantes, los eslóganes vacíos, los (como dicen los teóricos de la comunicación política) frames, digamos, interesados. Y, además, no pretendo alcanzar una conclusión, solo pretendo lo mismo que con mis alumnos de la universidad, plantear preguntas y dudas e invitar a la reflexión crítica.

La democracia como sistema político nunca fue un sistema de gobierno apreciado por los clásicos, así pues, infructuoso sería nuestro esfuerzo de acudir a ellos a buscar respuestas. Lo que sí podemos asegurar es que en, me atrevería a decir, ningún autor contemporáneo encontraríamos una definición de democracia sólo basada en el voto de la mayoría, aún por encima del ordenamiento jurídico. Si cambiáramos voto por voluntad nos encontraríamos, quizá, en el terreno de los filósofos marxistas de la dictadura del proletariado transmutada su teoría a otra cosa ajena a sus planteamientos o, también, en el ámbito de las teorías de Rousseau. 

En todo caso sí que podemos asegurar que la democracia, tal como la entendemos hoy, no es la dictadura de la mayoría por encima y contra todo el que se oponga a su voluntad, sea este un particular, una institución o uno de los legítimos Poderes del Estado. La democracia es la garantía de la libertad de las minorías, la democracia es un sistema de organización social pacífico, es el medio de convivencia de comunidades diversas, no el enemigo de esta diversidad ni el escudo que ampare una lucha identitaria. Dicho esto considero necesario, al menos, plantearse críticamente el contenido de las grandes declaraciones que reclaman el voto para el pueblo de Cataluña, y sólo para él, que desea liberarse, a lo que, por otra parte, en comunicación se le llama una burda falacia ad populum, y esto sí que lo decía un clásico,  Aristóteles para ser exactos.

Sobre los conceptos de Derecho y libertad poco voy a añadir, por falta de tiempo dado que me tengo que ir a impartir otra clase. Sólo diré dos cosas. La idea del gobierno de las leyes, presente desde los albores del pensamiento político, como contraposición y garantía contra el gobierno de los hombres, es un concepto esencial de la estructura política y jurídica de nuestras sociedades. Simplemente es necesario para proteger la libertad y los derechos de los individuos frente a aquellos otros que, alcanzado el poder, quisieran ejercerlo arbitrariamente. La existencia de las leyes y el sometimiento del poder a ellas, es lo único que nos permite ser libres. En palabras de Cicerón podemos decir que la libertad es el sometimiento a la ley. Para todo lo demás sólo puedo recomendar la lectura de uno de sus discursos, el Pro Cluentio.

Bueno en realidad se debe recomendar la lectura de cualquier libro clásico, del que sea. Seguro que podemos aprender más de uno de ellos que de cualquier discurso interesado, tramposo o sesgado que podamos oír o, incluso, de uno sincero. Siempre hay que volver a los clásicos. 

Comentada breve, sucinta y superficialmente la necesidad del Derecho como garantía de nuestros derechos y libertades y fundamento de nuestra democracia, sólo quedaría departir sobre el papel de la política como medio de resolución de conflictos, aunque eso queda emplazado a otro momento de ánimo teorizador, porque ahora sólo podría decir, ¡no hay derecho! a que aún no se esté apenas haciendo política.



martes, 3 de junio de 2014

Del Rey cuasiabdicante a la guillotina tricolor


¡El Rey de España ha abdicado! bueno, lo ha intentado pero, de momento, no ha podido porque desde 1978 en este país no nos ha dado tiempo a preparar la legislación necesaria para regular este proceso.

Empecemos de nuevo. ¡El Rey de España ha intentado abdicar! y en la calle se ha empezado a saltar, a gritar y, casi, a guillotinar:


Me disculpo previamente por la chanza, pero tal expresión de afrancesamiento, tan habitualmente desdeñado en aquella España, me ha sorprendido en extremo, así como el componente conservador y tradicionalista de aquellos que siempre se habían presentado como demócratas progresistas.

Más allá de la icónica imagen de una guillotina envuelta en una tricolor, aunque los colores no empastan bien con la herramienta, símbolo antaño del humanismo penal mas hoy, diría yo, un ligero paso atrás, las manifestaciones de "fervor popular" por la modificación de nuestra forma de Estado merecen un comentario más serio, que no sé si podré hacer.

En primer lugar considero perfectamente legítimas las reclamaciones de un referendum o de una república, libérrimos somos los españoles de reclamar lo que se nos antoje, incluso aunque según éstos mismos la monarquía sea la antítesis de la democracia (Cayo Lara dixit). No estaría de más que, en el marco del debate serio que reclaman, empezaran por hablar con propiedad y diferenciar la forma de la Jefatura del Estado del modo del ejercicio del poder en España.

Lo que sí que no estoy dispuesto a aguantar es que me tomen por tonto, y que me digan que como el Rey deja sus funciones tenemos, necesariamente, que hacer un referéndum para decidir nuestra forma de Estado, porque además muy pocos de los españoles vivos han votado nuestra Constitución.

Punto uno: ¿Acaso cada vez que en Italia, Alemania, Portugal, Francia o Estados Unidos un presidente de la República deja su cargo hay que someter el modelo político a la decisión de todos los ciudadanos? ¿Si España fuera una república pedirían lo mismo cada vez que se acabara un mandato de su máximo dirigente? Sólo pido que se busquen otro motivo, que los hay, y muy buenos, para reclamar que los españoles elijamos. Pero el modelo de Estado no puede ni debe estar continuamente en cuestión, por más que a algunos partidos no les guste el modelo que tenemos, eso no es una razón suficiente. Pueden explicar por qué consideran que el sistema republicano es mejor, más justo, más divertido o más bonito, y pedir a los españoles que les votemos para desarrollar ese programa, pero no nos vendan esta moto, que no cuela.

Punto dos: Es absolutamente falso que porque los españoles de mi generación no hayamos votado nuestra Constitución exista obligación alguna de someterla a refrendo de nuevo. Muchos menos italianos han votado la Constitución de 1949, muchos menos franceses la de 1958, alemanes la de 1949 y que decir de las Constituciones británica o estadounidense. ¿Son por eso Estados no democráticos, Estados ilegítimos, Estados indeseables? No. Las constituciones son normas fundamentales que se otorgan las sociedades para regir los aspectos esenciales de su convivencia por un periodo indeterminado y pretendidamente largo. La legitimidad de las constituciones (democráticas) deriva de su aprobación por el pueblo que las asume, pero no se limita a la supervivencia temporal de todos y cada uno de los sujetos que la han aprobado. Si entendiéramos la legitimidad de este modo, las constituciones no serían válidas más de un día, puesto que al día siguiente de su aprobación alguien que ya puede votar, no la habrá votado, más allá del hecho de que, por supuesto, ninguna de los cuerpos legislativos de España tendría legitimidad suficiente para aplicarlos dado su origen temporal remoto, pongamos un ejemplo, el articulado del Código Civil data de 1888.

Los cambios constitucionales son, posibles, legítimos, y en muchas ocasiones sanos, pero en ningún caso imperativos por el paso del tiempo. La Constitución española puede, y creo que debe, ser modificada. Pero aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid, en este caso que el Rey pasa por la abdicación, para exigir un vuelco total de la Constitución me parece de una flojera argumentativa espeluznante que ofrece pocas garantías de una negociación productiva y positiva para el acuerdo de una reforma de la Carta Magna.

Estoy ansioso por escuchar verdaderos argumentos por parte de aquellos que reclaman otra forma de organización del Estado a favor de sus ideas. Porque si todo lo que tienen que decir, o lo más importante que tienen que decir, es que la sociedad española no es la misma que en 1978, a mi no me vale. La sociedad española ha cambiado pero, en tanto sujeto político, es el mismo que se dio la Constitución hoy vigente, o la de 1931. Y esta sociedad es la que tiene que votar o no votar a los partidos que piden una nueva república y darles así la fuerza suficiente para, desde las Cortes Generales y con el procedimiento legalmente establecido, iniciar los cambios legislativos que hoy, con escasos argumentos, reclaman.

Aplazado queda a otro escrito el momento de discutir conmigo mismo las ventajas y desventajas de un sistema monárquico o republicano aplicados al caso español. Aplazado digo al momento en el que ese debate serio se abra, siendo posible entonces que a mis veintiséis años tarde otros tantos en escribir ese capítulo.