lunes, 11 de septiembre de 2017

ES LA DEMOCRACIA, ESTÚPIDOS

No se equivoquen, el debate político sobre la pretendida independencia catalana. La construcción del relato político que es necesario para justificar las posiciones de cada uno de los actores es primero conceptual y después sobre las consecuencias. Gira y necesariamente colisiona en torno al concepto de democracia, qué debemos entender por sistema democrático, y deriva después hacia la explicación de las consecuencias de la independencia.

Afirmaciones como “o referéndum o represión” (Casals), “estamos en una España que está volviendo al franquismo” (Lloveras), “solo el Parlamento de Cataluña puede inhabilitar el Gobierno que yo presido” (Puigdemont), o “nosotros nos sentimos acogidos por el Derecho Internacional” (Junqueras), se enmarcan dentro de una estrategia destinada a sostener que la democracia se identifica con el ejercicio del derecho al voto, y a convencer de que no existen consecuencias perjudiciales del proceso.

No hay que confundir lo efectista con lo esencial. Las consecuencias son malas para ambas partes, pero el debate se ha de dar respecto a la idea de democracia. Dejar triunfar el relato independentista de identificar la independencia con el ejercicio al voto es perder la batalla política central, sin la cual es imposible convencer a quien piensa que legítimamente puede irse de que no se vaya porque es muy malo para él.

Todo sistema democrático se basa en una serie de derechos, de pesos y contrapesos entre los poderes separados que integran el Estado, al mismo tiempo que se dan instrumentos a las minorías para garantizar sus derechos y se establecen procedimientos reglados para el ejercicio del poder.
Si limitamos la idea de democracia a la ilimitada voluntad del pueblo emanada de sus votos, el sistema deriva hacia lo que Alexis de Toqueville llamaba “tiranía de la mayoría”. Precisamente por esto la apelación al referéndum como única opción verdaderamente democrática no solo es falaz, sino profundamente incoherente.

Si pretendemos sostener un sistema democrático fuera de los procedimientos legales que ordenan el ejercicio del poder, en definitiva, más allá de lo que la ley permite, estamos creando justamente lo contrario. Ya encontramos en Aristóteles una clara opción por el gobierno de las leyes sobre el gobierno de los hombres. Menos abstracta es la siguiente afirmación de Cicerón, quizá una de las más bellas definiciones de la libertad que existen, que afirma que “somos siervos de las leyes para ser libres”. Es por esto que los episodios vividos la semana pasada en el Parlament hacen perder toda legitimidad de origen a las normas aprobadas por el mismo, al tiempo que destruyen toda apariencia democrática del proceso independentista.

Decía Marta Rovira que seguían ese procedimiento porque, los otros, “no les habían dejado otra opción”. Lo que traducido significa que como no tengo las mayorías necesarias para desarrollar mi proyecto político, en vez de mantenerme dentro de las reglas e intentar alcanzar el apoyo suficiente, pisoteo toda la legalidad vigente y sacrifico los derechos del resto en pro de un bien mayor, la independencia. La cercanía de esta afirmación a los teóricos de la razón de estado es preocupante. La otra opción no es mucho mejor, encontrar la legitimidad de origen del nuevo orden en una teoría de la revolución (legitima el nuevo orden jurídico en un hecho de fuerza), porque ni si quiera el derecho de resistencia de John Locke tendría cabida.

Lo de las consecuencias jurídicas y el pretendido amparo en el Derecho Internacional y la falta de regulación en la Unión Europea para expulsar a un “Estado Miembro”, lo dejamos para las Resoluciones 1514, 1541 o 2625 de las NNUU (de interés son las declaraciones al respecto de Cataluña del anterior Secretario General) o las Declaraciones del Comité de las Regiones de la Unión Europea. Hoy solo se engaña a quien está dispuesto a ser engañado.

Carlos Alonso Mauricio.

P.S. El escrito no tiene intención de ser exhaustivo ni respecto de las declaraciones ni conceptualmente. La única pretensión es exponer alguna de las falencias del discurso independentista en el intento de revestir el proceso de una imagen democrática y como un proceso ajustado a Derecho o, al menos, legitimado legalmente tanto interna como internacionalmente.

viernes, 24 de junio de 2016

¿Y si De Gaulle tenía razón?


Hoy nos despertamos envueltos en la vorágine del Brexit, anglicismo que implica decir adiós a los británicos del seno de la Unión Europea. Terror en la Unión Europea, horror en los mercados, el Reino Unido se ha ido y nadie sabe como ha sido, que dirían Alaska y los Pegamoides si en vez de cantar fueran el presidente de la Comisión Europea.

El horror en los mercados es palpable desde la apertura, caídas históricas y generalizadas en las bolsas de todo el mundo, depreciaciones nunca vistas de la moneda británica, nerviosismo generalizado, miles de millones perdidos. Pero un poco de calma, que solo llevamos unas pocas horas desde que la noticia se confirmó, esto es perfectamente normal, no un apocalipsis sobrevenido. La reacción económica a corto plazo va a ser de corrección, de una más que probable dura corrección, y en el medio plazo evidentemente habrá consecuencias, pero se pueden afrontar y paliar intentando calmar a los mercados porque, hoy, y hasta dentro de bastantes meses, el Reino Unido sigue siendo un estado miembro, nada cambia de momento.

Más grave, mucho más grave, es el Terror político que parece embarga a los líderes europeos. Aún no hemos oído a ningún alto dignatario de la Unión ofrecer una respuesta seria, sólida y confiable desde las instituciones comunitarias. Pareciera como si no hubieran esperado que esto podía pasar.

La historia del Reino Unido como miembro de la Unión Europea es una historia repleta de altibajos, plagada de dificultades, copada de bloqueos, quejas y privilegios para la Isla. Es el Reino Unido uno de los principales artífices de las dificultades en el proceso de integración política, económica y fiscal de la Unión. La postura británica de bloqueo a cualquier iniciativa que implicara cesión de soberanía ha impedido, en multitud de ocasiones, desarrollar reformas imprescindibles para Europa. Y lo último fue negociar un acuerdo de trato privilegiado para quedarse en la Unión, con la infame aquiescencia de las instituciones de la misma, como si no era ya bastante con la cesión del cheque británico.

Sin lugar a dudas, la Unión con el Reino Unido entre sus estados miembros hubiera sido una organización más fuerte, más relevante internacionalmente, más eficiente y efectiva para resolver los problemas de sus ciudadanos, pero no con un Reino Unido obstruccionista y fuera de todos los acuerdos importantes. 

La salida de los británicos es una mala noticia, pero su permanencia a cualquier precio tampoco era una noticia mucho mejor. Es el momento de Europa, de la integración política real, de la constitución de unas instituciones democráticas y con competencias amplias, de la unión fiscal, de la unión económica, de la solidaridad, de la Europa de los derechos, pero también de las responsabilidades hacia dentro y hacia fuera. Este es el discurso que los mercados, los inversores pero, sobre todo, los ciudadanos europeos necesitan escuchar. Ni un paso atrás en la voluntad de construir una Europa fuerte y unida en torno a los valores que la vieron nacer.

Quizá De Gaulle tenía razón con sus vetos en el 63 y en el 67, pero no por la perniciosa influencia de los Estados Unidos en el Reino Unido, sino porque Europa necesita de una integración que supere los nacionalismos (también el francés, el alemán, el holandés, el español y...) y que cree una ciudadanía compartida, una integración que asegure la presencia de los europeos en el mundo, una integración que requiere una voluntad política que los gobiernos británicos, en cuarenta y tres años, no han tenido.

miércoles, 22 de junio de 2016

POLÍTICA, CONFIANZA Y VERACIDAD


La verdad debería ser un límite infranqueable en política y, de hecho, lo es para la comunicación política, o al menos lo es la veracidad. No porque los que desarrollan su labor en el ámbito de la comunicación política sean personas con un sentido de la honestidad estoico, o porque se vean imbuidos de un sentido de la responsabilidad inexcusable, no. Es mucho más sencillo. Cualquiera que pretenda presentarse como asesor de comunicación, aunque no lo haya hecho jamás, sabe que la confianza, la fiabilidad de un candidato, de un personaje público, es muy difícil conseguirla y extremadamente fácil perderla. Se pierde justo en el momento en el que te pillan en un error garrafal, en una burda manipulación innecesaria y a partir de ese momento tu público dudará de la veracidad de todo lo que digas.

Si uno repasa los titulares de la prensa nacional de hoy, a parte de percatarse del escaso interés suscitado por el debate a siete que se celebró ayer por la noche, descubre que no hay un solo artículo que dedique su titular a otra cosa que no sea el terrorífico gráfico esgrimido por Pablo Casado. De hecho, el cuerpo de los artículos publicados, en su gran mayoría, toman como tema principal del debate la manipulación del gráfico y la respuesta de las redes sociales.

En este caso ni siquiera es cuestión de haber cortado los ejes del gráfico para aumentar el efecto visual del mismo, que también, o de haber ocultado la información mínima necesaria para entenderlo. En esta ocasión lo que han hecho es prescindir de toda proporcionalidad en la columnas del gráfico, de hacer que un incremento del 3.9% del gasto se represente como si hubiera sido multiplicado por tres y, por supuesto, dibujar y colorear, ese trabajo no se ajusta al verbo diseñar, columnas mayores para gastos menores con tal de hacer ver una tendencia creciente ininterrumpida e inexistente.
La preguntas que surgen son ¿por qué se han metido en este lio? ¿No se dieron cuenta al hacer los gráficos? Imposible. ¿Creyeron que en una sociedad digitalizada como la nuestra nadie se iba a percatar del error? Irreal.

Al final lo único que han conseguido es un torrente de críticas en redes sociales, mala prensa durante algunos días y una considerable pérdida de credibilidad de una de las figuras más conocidas del partido, Pablo Casado, que no hay que olvidar que es el vicesecretario general de comunicación del Partido Popular, es decir, el más necesitado de una imagen pública fiable.

El caso sólo tiene dos posibles soluciones, o un error de comunicación incomprensible, o la asunción consciente de un riesgo inútil, pues no les iba a reportar ningún beneficio y van a pagarlo durante los días que quedan de campaña.


Ya veremos si no le hacen algún video… Yo lo recomendaría. 

martes, 14 de junio de 2016

Debate y tedio no deberían ser sinónimos


El siguiente artículo ha sido publicado en el diario digital La Cuarta Columna en el siguiente enlace:
http://www.lacuartacolumna.com/debate-y-tedio-no-deberian-ser-sinonimos/

El debate de ayer comenzó y se desarrolló casi en su totalidad entre el soñoliento tono afectado de Iglesias, el hieratismo irritante de Rajoy, la impostura presidencial de un Sánchez casi ausente y la prisa dialéctica de un Rivera necesitado de espacio. El resultado fue excesivamente largo, con dos pausas eternas, poco ágil y ciertamente tedioso. Lo que nos llevó a un estado de sopor que, por poco, nos hace perdernos el bloque dedicado a la regeneración política, único momento en que el debate se calentó, aunque quizá lo hiciera demasiado.
Los cuatro fueron excesivamente conservadores, a los debates electorales no se va a ganarlos, pero tampoco hay que tener miedo al error hasta el punto de que tu discurso quede atenazado. La prudencia evitó el que se cometieran errores graves, aunque algún desliz recordando a esa “señora que tuvo Ébola en España”… hubo.
La táctica de cada uno de los candidatos tampoco fue una sorpresa, Rajoy e Iglesias continuamente enzarzados en críticas recíprocas, obviando la presencia de Sánchez y lanzando sólo algún aldabonazo suelto a Rivera, había que polarizar el debate, como la campaña, y pegar algún tiro en la rodilla a ese que dice ser de centro.
Por su parte Sánchez llegó sabiendo que la agresividad que mostró en los debates de diciembre no le favorecía, pero se pasó de frenada. Intentó ganarse la imagen de hombre moderado y prudente, la imagen de presidente del gobierno, pero no lo es.
Le faltó fuerza y decisión en las críticas y respuestas a sus contrincantes, además de no tener claro quién era su principal objetivo, si el Partido Popular para ganar unas elecciones que tiene perdidas, o Unidos Podemos para proteger el segundo puesto que peligra seriamente. Ha perdido su, quizá, última oportunidad.
El caso de Rivera es distinto, las expectativas con las que llegaba eran más bajas que en diciembre, y eso facilita mucho tu papel. Tenía un atril en el que situarse, lo que le ayudó mucho a mejorar su lenguaje no verbal, es decir, a no bailar durante las dos horas largas de emisión.
Empezó acelerado, desubicado, sin protagonismo, pero fue creciendo hasta que llegó su momento, regeneración de la vida política española y ahí, repartiendo golpes a diestra y siniestra, terminó de encontrar su espacio y recuperó la atención de Iglesias y Rajoy. Le dieron un protagonismo que no tenía y necesitaba imperiosamente, picaron el anzuelo de las críticas feroces de Rivera.
El último minuto fue para los nuevos partidos, la concreción de Iglesias, que empezó con el bloque dedicado a los pactos, fue una forma efectiva de lanzar un mensaje de fondo y de ánimo a sus votantes, mientras que la emotividad del mensaje de Rivera, con claras referencias a discursos clásicos, le sirvió para generar empatía e ilusión con su proyecto.
En contraposición al último minuto de los partidos tradicionales, siendo el de Sánchez su mejor intervención, pero no suficiente para sus necesidades, y el de Rajoy una mezcla irracional de turismo, erasmus, trasplantes y servicios públicos recortados o sin recortar, habrá que preguntarle a Vallés.
Y el debate terminó a una hora indecente, con Rajoy como vino, con la moderación de Iglesias casi intacta, con Rivera respirando el oxígeno ganado en la última parte y con Sánchez incólume, él, como Aute, sólo pasaba por aquí.
Muchos nos quedamos a verlo hasta el final, no sin cierto sufrimiento en algunos tramos, con la esperanza de que nos sirviera para aclarar algo de aquí al día que tengamos que ir a votar. Pobres ingenuos, no nos dimos cuenta de que quedan 12 días para ir a las urnas, y que para ese momento, lo que sucediera ayer ya se nos habrá olvidado.

martes, 26 de abril de 2016

Hemos llegado al final RIP


La legislatura está agonizando, los plazos se agotan, el tiempo expira, la esperanza se diluye. La fe nos abandonó ya hace tiempo pero hoy nos enfrentamos a la realidad palmaria, la que nadie quería asumir. No, no estoy hablando de la celebración de unas nuevas elecciones, aún peor, volvemos a entrar en CAMPAÑA ELECTORAL.

Ya podemos decir, perdí la fe hace unos días, que las elecciones son inevitables, salvo un giro dramático de los acontecimientos a última hora. Y la culpa no la tenemos los ciudadanos que en ejercicio de nuestros derechos políticos elegimos a los miembros del cuerpo legislativo. No, la culpa no es nuestra por no haber concedido una mayoría, cuando no absoluta, al menos lo suficientemente clara. La culpa es de aquellos que, sin hacer su trabajo, llevan cobrando cuatro meses sus sueldos públicos, los diputados.

Es absolutamente incomprensible la incapacidad manifiesta para alcanzar algún tipo de acuerdo. La cerrazón de sus posiciones ideológicas, la inmovilidad de sus eslóganes políticos. El olvido del interés general es imperdonable. Estos meses han estado caracterizados por movimientos cortos, recursos tácticos con los que posicionar a su partido en una posición dominante, preparándose todos para una repetición de las elecciones, sin un interés real, al menos en una parte importante de los partidos políticos representados, de alcanzar un acuerdo que dote a nuestro país de un gobierno.

Huelga decir que hay algunos que soportan, o deberían soportar, mayor resposabilidad en esta situación. Mariano Rajoy no ha estado a la altura de las circunstancias. Se ha comportado como un político que solo sabe gobernar con mayoría absoluta. Aun siendo la fuerza más votada debes sentarte a negociar, con todos, hasta la extenuación, aunque sepas de inicio que no te quieren porque es lo que los ciudadanos habían pedido. Ahora bien, sentarte a esperar a que otros fracasen haciendo lo que te correspondía (sesión de investidura), y pretender que luego te acepten como presidente, con tu programa electoral, sin apenas ninguna cesión y sin haber llamado o negociado los términos del acuerdo con nadie es ingenuo, en el mejor de los casos, y absolutamente irresponsable en éste.

Podemos en general, y Pablo Iglesias en particular, también tienen su parte de responsabilidad. ¿La diferencia con Mariano Rajoy?, que de ellos no esperábamos otra cosa y de un presidente del gobierno uno siempre espera, al menos, sentido de estado, cuando no común. Podemos decidió bloquear el pacto PSOE-Ciudadano legítimamente, pues se aleja de sus propuestas programáticas y, por añadidura, les alejaba del poder, su fín último. Con su propuesta alternativa, que nunca dejó de incluir la convocatoria de un referendum que el PSOE no podía asumir, y el correspondiente reparto de poder (todo para ellos) en el gobierno, dejaban a Pedro Sánchez entre las elecciones y el sometimiento. Pero, como decía, tampoco podíamos esperar de este partido lealtad y compromiso con el Estado, todo lo contrario, su fin último es el ascenso al poder, independientemente de los medios, y con esos cálculos han estado y están jugando. Las encuestas avanzan que su riesgo es real.

De Pedro Sánchez poco más que lo que he escrito otras veces puedo decir. Dudo que su oferta de pacto con Ciudadanos sea de sincero aprecio, pero la alternativa de Podemos le ha sido imposible asumirla y la gran coalición hubiera sido, para la progresía de Ferraz, un sacrilegio, ateo por supuesto. Al señor Sánchez le dijeron en el Comité Federal ve y vuelve con tu escudo o sobre él. La batalla ya está fijada, el día de las elecciones.

Y, por último, respecto de Rivera... el análisis es aún más difícil. Se mueve en una línea tan fina entre la derecha y la izquierda que el ejercicio de equilibrismo se complica con el paso de los días, y le queda, presumiblemente, una campaña muy dura por delante. Su mejor opción es afianzar la imagen de estadista, dispuesto a negociar y pactar a uno y otro lado para defender los intereses generales. Eso es lo que ha intentado demostrar en estos cuatro meses, aunque su éxito ha sido solo parcial, al no haber podido sentar a la mesa al Partido Popular. Si nodesiste de su empeño de negociar con todos, quizá siga sin conseguirlo, pero se mostrara como una alternativa cada vez más fiable.

Digamos adios a la legislatura más corta de nuestra historia, pero no como un fracaso ciudadano, sino como una oportunidad en la que haber descubierto quiénes son los indicados para responder a nuedstras exigencias de diálogo, acuerdo y pacto.

Que esta legislatura, a su final, lleve tanta paz como deje.


viernes, 15 de abril de 2016

doce días para vender el fracaso


Los partidos políticos en España se enfrentan, en cuestión de doce días, a uno de los retos comunicativos más difíciles que han tenido que afrontar en los últimos años, y los antecedentes no nos permiten ser optimistas respecto del posible éxito de algunos.

No nos encontramos ante una crisis política puesto que existe una salida regulada para esta situación. Pero, sin duda, sí estamos ante una parálisis grave de la política española provocada por la inoperancia de aquellos que la dirigen. Y he aquí el elemento clave de lo que vamos a vivir en las dos próximas semanas y, si nada lo remedia, durante los meses que dure la campaña. Los partidos necesitan evitar aparecer como los responsables y colocar esta etiqueta en el contrario para afrontar con ciertas garantías una nueva concurrencia electoral.

Este elemento de la comunicación, este escurrir el bulto sin disimulo, va a ser la estrategia de campaña de los cuatro grandes partidos, pero los hay que parten con cierta ventaja. Fundamentalmente, Ciudadanos, que ha conseguido posicionar su mensaje entre el Partido Popular y el Partido Socialista, y que se presenta cono el "verdadero" abanderado del diálogo y la negociación. Habrán de tener cuidado, pues su situación provocará un aluvión de críticas de uno y otro lado y, sobre todo, de Podemos. Pues ya se sabe, los que en la negociación fueron aliados, en la campaña serán enemigos. Y viceversa si fuera necesario. Esta es la política espectáculo que tenemos.

Por su parte, el Partido Popular, no sólo va a tener que luchar contra la imagen de bloqueo que intentan proyectar el resto sobre él, que incluso puede beneficiarle de cara a su electorado más fiel que lo entenderá como firmeza, sino que, su mayor problema será el inmovilismo adoptado. Va a ser muy difícil convencer a sus votantes de que son un partido confiable después de tres meses de no hacer nada, no llamar a nadie y, únicamente, quejarse de que el PSOE no ha querido sentarse con ellos. Tampoco sé que esperaban. En todo caso, durante la campaña, veremos como elevan el tono, como se muestran como un partido fiable, como la mejor alternativa y como un partido dispuesto a ceder en lo que sea necesario para vencer la parálisis. Eso sí, siempre que esa gran coalición la presida Mariano Rajoy.

Podemos, el más damnificado por la situación según las encuestas, ha vuelto ha realizar un movimiento, táctico diría un deportista, a la defensiva. La consulta a las bases, más allá de proyectar una imagen de democracia real que ha sido expresamente contradicha por el ejercicio del poder omnímodo de Pablo Iglesias, es una huida hacia delante. Necesitan este refrendo para construir un discurso de campaña efectivo, que vuelva a atraer a los votantes perdidos, basado en que su actitud de bloqueo ha respondido al sentir de las bases de su partido. Y entre tanto, necesitarán esa otra parte de la comunicación política, que es la que se dirige hacia dentro, para apaciguar disensiones, reafirmar confluencias y, si es posible, sumar a Izquierda Unida para salvarse de la debacle.

Y entre todas estas variantes destaca el Partido Socialista y, especialmente, su secretario general, que no son necesariamente lo mismo. A parte de acallar el conflicto interno y presentarse unidos a las probables elecciones, Pedro Sánchez necesita mejorar sustancialmente su resultado y, además, no verse superado por Podemos si estos se presentan con Izquierda Unida. Si no mejora su resultado y se convierte en una verdadera alternativa al Partido Popular le va a ser imposible negarse de nuevo a negociar y dejar al país sin gobierno otros seis meses. Si se ve relegado a la tercera posición será su fin. Lo único que le ha mantenido vivo ha sido la parálisis generalizada del Partido Popular y el haber vendido su imagen como candidato en la sesión de investidura. Ese será el mensaje a transmitir, el de ser la única alternativa fiable por la izquierda capaz de aunar las voluntades necesarias, siempre que Podemos (el gran enemigo encubierto) no decida, de nuevo, impedir el cambio.

Y después del resultado electoral, si se consuma el fracaso para el que todos llevan preparándose desde el dos de marzo, dos posibles alternativas. La primera, que Partido Popular y Ciudadanos puedan formar mayoría, que sin duda le saldrá muy cara a los de Génova 13 y, está por ver el precio personal que debería pagar Mariano Rajoy. La segunda, que esa suma no alcance mayoría, caso en el que la responsabilidad. si el pacto Ciudadanos PSOE sobrevive a la campaña, recaería en Podemos, y habrá que observar cuanta presión son capaces de soportar sus líderes. Hay más opciones, pero son tan imprevisibles que explorarlas sería un ejercicio de prestidigitación.

Hasta ese momento de catarsis nacional, que serán las elecciones o la formación de gobierno, iremos sobreviviendo entre blanqueos, prevaricaciones, recalificaciones, evasiones y corruptelas de todo tipo que son el leitmotiv de todos los días en esta España nuestra.


jueves, 10 de marzo de 2016

Europa no ha muerto, se ha suicidado


El 9 de mayo de 1950 Robert Schuman sabía que "la paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan", y afirmaba que "la contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de unas relaciones pacíficas."

Sesentaiseis años han transcurrido desde la Declaración Schuman y Europa ya no está dispuesta a afrontar los trabajos que requiere el mantenimiento de la paz mundial, siquiera los que serían necesarios para el mantenimiento de un nivel de violencia soportable. Europa se ha cerrado, se vuelve sobre sí misma, ciega al devenir histórico, superada por los acontecimientos, vencida por aquellos que, desde dentro, se niegan a responder a la crisis humanitaria que vive Siria e, incluso, violan sin rubor sus obligaciones jurídicas internacionales. Europa hace tiempo que perdió su identidad, pero hoy, está peor que nunca.

Para un ciudadano europeo resulta dificil de entender cómo las instituciones de la UE han perdido de vista elementos centrales de sus objetivos. Las declaraciones solemnes contendias en el preámbulo del Tratado de la Unión Europea son hoy papel mojado. Hoy se puede perder toda fe en la promoción de la paz, la seguridad y el progreso por parte de Europa. Poca esperanza podíamos albergar tras escuchar a Donald Tusk, a la sazón Presidente del Consejo Europeo, pedir a los refugiados, que no inmigrantes ilegales, que se quedaran en sus casas, esas casas sitas en el campo de tiro de Siria, en vez de venir aquí. Pero todas las dudas se han despejado al darse a conocer el indigno acuerdo entre los 28 y Turquía.

Este acuerdo mina las bases de un principio esencial de la historia de la integración europea, el respeto y la promoción de los Derechos Humanos. El acuerdo da carta de naturaleza a una práctica que impide a un refigiado solicitar asilo en territorio europeo. Todo lo contrario, todos aquellos que consigan arribar a Europa son considerados inmigrantes ilegales e inmediatamente deportados a Turquía, a cambio, eso sí, Turquía mandará igual número de ciudadanos que hubieran obtenido el derecho de asilo por parte de este país. 

De modo que los países europeos no se hacen responsables de tramitar los procedimientos de asilo, ni son garantes de que estos procedimientos sigan los cauces legales establecidos. De hecho, dejan este trámite, fundamental para el reconocimiento de deechos, a un país que ni siquiera está sometido a la legislación común europea, que oprime a los Kurdos que son una parte importante de la población siria y que, sin duda, tiene en su gobierno a una serie de personajes poco amigos de ese documento que se vino en llamar Declaración Universal de los Derechos Humanos. No es Turquía, o mejor dicho, su gobierno, un socio fiable para delegar el reconocimiento del derecho de asilo de aquellos que huyen de la guerra.

Más allá de que Europa viole sus propias normas al no permitir la solicitud de asilo en embajadas, de que hoy admita lo que hace unos meses recriminaba a España por ser ilegal según su propio derecho (las devoluciones en frontera), de que se levanten vayas fronterizas entre nuestros estados, o que se acuerden administrativamente (hablo de la ruptura de la libertad de circulación por el acuerdo con el Reino Unido), o de que incluso sus máximos representantes adopten discursos que podría sostener el Frente Nacional en Francia. Lo dramático no es sólo esto. Lo verdaderamente dramático es que esa Europa integradora, faro de la democracia, la paz y los derechos humanos ya no existe. Ahora sólo somos un conjunto de intereses económicos insensibles al sufrimiento ajeno, siempre que una cámara de televisión no grabe a un niño muerto en nuestras playas.

Europa es irrelevante en el mundo, es consciente de su irrelevancia, y lo ha vuelto a demostrar. Únicamente desde la insignificancia política y la indignidad moral se puede renunciar a los principios más elementales de tu fundación, dar la espalda al sufrimiento humano, no hacer nada en cinco años para acabar con una guerra cruenta y, finalmente, negar la ayuda a aquellos que han cometido la osadía de irse de sus casas para huir de una muerte segura. Así, Europa, ¿para qué?


lunes, 29 de febrero de 2016

Cuatro perfiles para una investidura


Empezamos hoy una semana de investidura o, posiblemente, de no investidura. Pero esto no debe obviar la posibilidad de asistir, con mayor o menor estupor, a los juegos de manos que nos depararán estos cinco días de alocada política de urgencia.

De los cuatro grandes líderes de los partidos más votados, pues no creo que haya verdaderos líderes políticos entre ellos en estos momentos, se derivan cuatro perfiles bien diferenciados y que, en los más de dos meses que han pasado de las elecciones, han desarrollado sus papeles con exquisita fidelidad.

El primero (por orden de votos): El observador externo. Es una figura que en filosofía se identifica con aquel que se dedica al estudio de una materia concreta, política en este caso, pero que es ajeno a la misma, es decir, no se ve afectado por los determinantes que condicionan la situación. De modo que puede mantener su imparcialidad y actuar como un científico que disecciona una realidad. Este es el papel de Mariano Rajoy, al que probablemente veamos despertar de su tedioso letargo lanzando aldabonazos a diestro y siniestro en las sesiones de investidura. Su problema, que su inactividad cansó hace mucho a la ciudadanía, lo desacredita minuto a minuto como el líder que necesita el país y su incapacidad total de diálogo, suya y de los suyos, los convierten en una opción aislada e inoperante más allá de las mayorías absolutas.

El segundo: El trilero. Pedro Sánchez hoy ha confirmado los temores de los más avezados optimistas. Está jugando a dos bandas, con dos barajas, naranja y morada respectivamente. Sabe perfectamente que su pacto con Ciudadanos no tiene ninguna utilidad, a parte de presionar a Podemos y compañía para que se bajen del burro y se sienten para alcanzar un verdadero "gobierno del cambio progresista". Lo acaba de decir en el Comité Federal del PSOE, que va a ofrecer un pacto a las fuerzas de la izquierda que va mucho más allá del alcanzado con Ciudadanos, vamos que este se lo va a cargar en cuanto alcance aquel, si lo alcanza. Y todo esto, no se ruboricen, después de pedir a los afiliados que aprueben con sus votos darle permiso para hacer lo que le dé la realísima gana. Si no se lo creen lean la pregunta que les hicieron, a ver si ustedes descubren que estaban aprobando.

El tercero: El agitador profesional. Ya lo hemos visto, la nueva política desde la izquierda se basa en no negociar, hacer declaraciones grandilocuentes, montar pollos regularmente, y cuando no hay motivos inventarlos, exigir poder, fidelidad a los jueces, dinero a los ciudadanos, pleitesía al PSOE y todo, sin el menor asomo de rubor. Lo importante es conseguir espacio en los telediarios y vender al resto como reaccionarios que pretenden destruir a la clase obrera, sea quien sea quien la integre. Su política es conflictual, y sus tácticas guerrilleras y, salvo que la izquierda más moderada reaccione, será enormemente efectiva y más desde el ejercicio del poder amparado por unos socialistas perdidos y superados.

El cuarto: El pactista voluntarioso. Esto es Rivera ahora mismo. Un hombre tras un pacto, un partido tras un acuerdo. Si lo consiguen serán vistos como la tercera vía moderada, aquellos que son capaces de sentarse a hablar, ceder y alcanzar acuerdos que den la estabilidad que no tenemos. Les criticarán por ser políticos sin ideología, por no defender con firmeza sus principios, medidas, ideas o políticas. Pero eso no lo pueden evitar, es la contestación de la visión de la política como un conflicto continuo de intereses en el que la única forma que tienen de progresar estos es la imposición de los mismo. En todo caso, de momento solo son la herramienta de presión del PSOE para forzar a sus partidos a la izquierda, y en eso parece que se van a quedar para, finalmente, ser vapuleados por todos los demás.

En fin, veremos si al final se alcanza un acuerdo de investidura, hay dos mese. Yo diría que sí se va a conseguir, salvo que a los que tienen la llave del acuerdo (fundamentalmente Podemos) las encuestas les den buenas perspectivas de colocarse segundos. Ahí está mi apuesta, no habrá elecciones, lo que no sabría decir es si que haya acuerdo es mejor o peor, eso dependerá de qué acuerdo se suscriba. Veremos... 

domingo, 29 de noviembre de 2015

Rajoy y Sánchez plantan a la universidad


El viernes pasado se vivió en el auditorio de la Universidad Carlos III un acontecimiento inédito. Una asociación de estudiantes había organizado un debate entre cuatro candidatos a la presidencia del gobierno, a saber, Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera. Sus pretensiones eran ambiciosas, su intención la mejor, hacer de la universidad pública española lo que debe ser, un foro de debate activo, vital y productivo en el que, libremente, los candidatos podían trasladar su mensaje y someterse al escrutinio de una parte fundamental de la sociedad española, la comunidad universitaria.

Pero no fue posible. Los candidatos del Partido Popular y del Partido Socialista Obrero Español decidieron no acudir. Debían estar demasiado ocupados haciendo zumos o jugando al futbolín con Bertín Osborne, puede incluso que escuchando las canciones de su vida con María Teresa Campos, y claro, es de vital importancia para elegir al próximo presidente del gobierno descubrir si es capaz de hacer bien un zumo o partir bien una empanada que escuchar sus propuestas y preguntarle directamente sobre ellas, dónde va a parar.

Yo ya no aspiro a que los partidos hagan aquello que yo creo que es mejor, sería presuntuoso y extremadamente frustrante, pues considero que lo primero es sostener una comunicación activa con el ciudadano, y desde la televisión es imposible. No, no aspiro si quiera a que los dos grandes partidos valoren mínimamente a la institución universitaria o la respeten lo suficiente como para mostrar algún interés, aunque sea impostado, por ella y acudan a un debate abierto con el futuro de nuestro país, los estudiantes universitarios. Mi única aspiración política respecto de esos dos partidos es que no nos tomen por tontos, por borregos ilusos, y no pongan de excusa para no ir a donde deben que tienen problemas de agenda, cuando lo que sucede es que los jóvenes universitarios, sus preocupaciones, intereses, preguntas y peticiones no les importan un bledo.

Por eso han sido incapaces estos candidatos de acudir al primer debate presidencial que se organizaba en España en una universidad pública. Huelga decir que no tiene la misma proyección pública que un debate televisado, pero este era un debate de verdad, con público, sin tiempos encorsetados, con preguntas sin filtro, es decir, imprevisible. Y esta falta de control es lo que le hace realmente productivo para el que escucha, porque puede ver al político de verdad, no al autómata que recita fichas y discursos absolutamente preparados para conseguir dar la mejor imagen, no la más real.

Al menos ya sabemos a que atenernos. Podemos elegir libremente entre dos partidos que se esconden de los debates abiertos, directos, sinceros, universitarios. Dos partidos que desprecian la vida universitaria, lo que representa, y lo que tiene de utilidad para la sociedad que es, entre otras muchas cosas, la capacidad de generar un debate político de calidad. Y dos partidos que se arriesgan, que debaten con quien les llama, que dignifican la labor universitaria más allá de las frías declaraciones de los programas electorales, en definitiva, dos partidos que no tienen miedo a los ciudadanos, sino que lo que tienen son ganas de hablar, debatir y acordar con ellos.

Y mientras que llegan las elecciones veremos como los miembros de esos dos partidos hacen todo lo posible por desacreditar personal, política e intelectualmente a Pablo Iglesias y Albert Rivera, comenzando por lo que no pasó de ser una anécdota, el hecho de que el primero citara mal y el segundo no hubiera leido a Kant. Muy bien, al menos ellos estaban allí para responder a la pregunta, de Rajoy y Sánchez nada supimos en la Universidad Carlos III.


viernes, 30 de octubre de 2015

Desmontando la democracia catalana


Desde las instituciones políticas, sociales y periodísticas catalanas se insiste, machaconamente, en la exigencia de respeto a la voluntad democrática y mayoritaria del pueblo catalán de independizarse de España. No voy a valorar el adjetivo "mayoritario", existen suficientes evidencias empíricas y datos estadísticos para valorar los verdaderos intereses del conjunto de la ciudadanía catalana. Únicamente diré de la CUP que ha engañado públicamente a todos al afirmar que si su opción independentista no conseguía más del 50% de los votos no pretenderían declarar la independencia unilateral y, ahora, parece que es su pretensión más inmediata. Será la misma democracia la que les exija responsabilidades.

Hemos de revelarnos contra la colonización de los conceptos de democracia, libertad o voluntad cívica, que no son propiedad del independentismo catalán. Un sistema democrático, que sólo puede desarrollarse en el marco de un Estado de Derecho, implica, necesariamente, el respeto a los principios del imperio de la ley o la separación de poderes, entre otros. Nadie, ni individualmente ni colectivamente, está ni debe estar por encima de la ley. Esa forma de relación entre el Poder y el Derecho que sostienen sin decirlo, que es de supremacía del primero sobre el segundo, lo que los antiguos llamaban el gobierno de los hombres, en vez de el gobierno de las leyes, no ofrece ninguna garantía de respeto a los derechos de los ciudadano, ni si quiera a los más elementales.

El fundamento necesario de todo Estado Democrático de Derecho, además de la participación política, es el respeto y sometimiento de todos los poderes de ese Estado a la ley. Sin este requisito previo no podemos asegurar la libertad de los ciudadanos ni el respeto a su voluntad democrática y, por tanto, nos situaríamos en el marco de otro modelo de Estado, en el marco de un modelo de Estado evidentemente peor.

Ya es hora, hace bastante que debió de sonar la alarma del reloj para avisar de que había llegado el momento, de empezar a hablar con claridad y decir, sin rubor, que los líderes del independentismo catalán están intentando tomarnos el pelo. La democracia no es votar de cualquier manera, es hacerlo dentro del marco legal y con garantías y si se hace de otra manera, hay que responder ante ese otro poder del estado llamado judicial. La democracia exige el derecho a imponer tus ideas (incluso las de los grupos mayoritarios) sino el derecho a defenderlas pública y legítimamente e intentar llevarlas a cabo en el marco de la ley.

La defensa de la democracia exige la defensa de la legislación vigente, la defensa de la democracia exige la defensa de los derechos de todos los ciudadanos, la defensa de la democracia exige la independencia judicial, la defensa de la democracia exige el respeto a las ideas, el debate político y la intransigencia con los actos anti-jurídicos, ninguna otra cosa se le puede pedir al resto de poderes del Estado. 

Hablemos de todo, con todos y en cualquier momento, debatamos propuestas políticas, pensemos nuestro modelo de Estado, puede que deba ser otro, no lo sé, pero esta reflexión, esta negociación debe ser libre, no puede basarse en la amenaza de una parte de desobedecer cualquier legislación contraria a sus intereses, y hagámoslo con el necesario respeto a la ley por parte de todos los poderes del Estado, es la única protección que los ciudadanos ostentamos contra la arbitrariedad y la injusticia.

lunes, 19 de octubre de 2015

Bastones contra jueces y fiscales



Escribir en domingo, con el cuerpo descansado, la mente despejada y el ánimo calmado me permite, sin los exabruptos ni las alharacas propias de la excitación temporal, ofrecer una visión pausada de unos acontecimientos agitados, en este caso, esa procesión de bastones y banderas que, en acompañamiento marcial por las calles de Barcelona, como muestra de un fervor popular y "expontáneo", arropó al President de la Generalitat para declarar ante los tribunales opresores del Estado Español y a enfrentarse a esa especie de gestapillo que es la Fiscalía.

Vaya por delante que el trato denigrante que se le da en este país a la Fiscalía y a la justicia en su conjunto no es patrimonio exclusivo del independentismo catalán, sino afición compartida por todos aquellos grupos políticos que se han visto envueltos en procedimientos judiciales. Lo que sí es patrimonio de Artur Mas y su cuadrilla es llevar la presión pública a un nivel desconocido hasta hoy.

La Administración de Justicia no es más justa o acertada cuando nos da la razón, ni la Fiscalía menos o más independiente cuando solicita nuestro procesamiento, como ahora, o cuando rechaza la solicitud de retirar las urnas el día que se celebraba la consulta catalana. Nuestro diseño institucional en general, y el del Ministerio Fiscal en particular, puede ser manifiestamente mejorable y, sin ninguna duda, mucho más claro y comprensible para el ciudadano, pero funciona con bastante eficacia, honestidad y siempre dentro de las competencias, límites y salvaguardas que la ley determina, algo que otros no pueden decir.

La pretensión de hacer política con lo que únicamente es un procedimiento judicial que investiga posibles delitos cometidos por funcionarios públicos es impresentable. La intención de presentar este proceso como un ataque a la libertad del pueblo y la democracia de Cataluña es, simplemente, mentira. Presentar ésto como un conflicto entre los líderes del pueblo catalán y los tribunales del Estado Español, como si fueran de un país extranjero, roza lo absurdo. El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña y la Fiscalía del mismo tribunal no son poderes extranjeros que estén usurpando unas competencias que no les son propias sino que, precisamente, lo que están haciendo es investigar si se ha violado la legalidad que sostiene el sistema democrático en España, y por tanto en Cataluña, y si la actuación de funcionarios públicos se ha ajustado a las disposiciones legales correspondientes.

Cicerón afirmaba que la libertad es el sometimiento exclusivo a la Ley, porque fuera de ella el poder individual de unos pocos hombres puede conculcar los derechos de muchos otros. Esta es la base del sistema democrático, el sometimiento de todos los poderes al imperio de la ley y, también, la existencia de cauces pacíficos para su modificación basados en el principio de participación política. Y para todo lo que quede fuera de la ley existe el Poder Judicial.

Dentro de la ley hay que sentarse, hablar, negociar, alcanzar acuerdos y convivir. Dentro de la ley hay que respetar al Poder Judicial, su actividad y sus decisiones independientemente del signo político afectado por las mismas, dentro de la ley hay futuro, fuera de ella... nadie puede asegurar que quebrantada para la independencia no se vuelva a quebrantar para otro tipo de intereses particulares.

Entre tanto, quizá sea mejor evitar imágenes como las que vimos en esa procesión de banderas y bastones. La gente es perfectamente libre de manifestarse como y cuando desee, pero no se puede pretender amedrentar al Poder Judicial. Aquello no era un grupo más o menos amplio de personas manifestándose en apoyo de un representante político, era una representación organizada para ejercer toda la influencia posible en el marco de un proceso judicial.

En este proceso político faltan héroes o, mejor dicho, buenas razones para serlo, por eso necesitan escudarse tras las banderas y los bastones.


martes, 16 de junio de 2015

Del cambio tranquilo y los Robespierre del siglo XXI


"El rey debe morir para que el país pueda vivir". Cambien la palabra rey por banquero, empresario, capitalista o cualquier político de un partido que no sea el mio o, según el caso, hombre y ya tenemos a un Robespierre del siglo XXI. Eso sí, gracias al proceso de humanización del derecho penal, y a las fórmulas democráticas de sustitución de gobiernos, las guillotinas sólo las vemos en Twitter y, como recordarán de otro artículo de este blog, en el tipo de manifestaciones a las que acudían los concejales del Ayuntamiento de Madrid antes de serlo, al menos, de momento.

El caso del concejal Zapata, que sigue siéndolo, y de sus comentarios de escaso gusto en Twitter podría ser una anécdota entre un grupo de personas de comportamiento social intachable, pero no parece que lo sea. El "humor" negro es un tipo de humor muy delicado, que de tenerlo uno lo debe guardar para compartirlo con aquellas personas que lo entienden y aceptan y, por supuesto, sin hacer publicidad del mismo, dado que muchas personas se pueden sentir profundamente dolidas y ofendidas por los comentarios vertidos. 

Pero con todo, Zapata sólo es un caso de una incontinencia verbal impropia de un representante de la sociedad madrileña. Porque ahora sus comentarios no son los de un ciudadano que no conoce nadie, sino que tienen una repercusión pública que hacen de ellos ofensas mucho mayores para las víctimas de sus chistes, y afectan severamente a la reputación de todos nosotros como madrileños.

Sin embargo, encontramos casos de concejales de la misma formación que no son simplemente indecentes en sus comentarios públicos, sino que sus intervenciones en redes sociales traslucen un nivel de violencia visceral, de odio al diferente difícilmente compatible con el ejercicio de la representación democrática de la ciudadanía en su conjunto. Y que por mucho que Manuela Carmena se felicite del cambio ideológico operado por sus concejales en el tiempo transcurrido desde sus comentarios ofensivos y violentos a la asunción de responsabilidades públicas, más parece impostura obligada que verdadera redención.

Desear la muerte o sufrimientos y torturas físicas a cualquier persona, también a representantes políticos, no sólo puede ser constitutivo de delito, sino que además, no creo que represente el cambio político que necesita España. Así como tampoco creo que la renovación que requería el Ayuntamiento de Madrid pase por disponer que la portavoz del grupo municipal que sostiene al gobierno de la ciudad sea la misma persona a la que la fiscalía le solicita un año de prisión por un delito contra la libertad de conciencia.

Probablemente no sean los únicos casos que descubramos, pero desde luego ha sido un comienzo apoteósico. Lo único que pido es que, al menos, no sigan intentándonos tomar el pelo diciéndonos que los comentarios están sacados de contexto, o que esto es parte de una persecución política para hacerles caer. Acepten como son ustedes, y asuman las responsabilidades que crean que deben asumir, que si los ciudadanos exigen más se lo harán saber en apenas seis meses.

España necesita más y mejores palabras, menos insultos y amenazas, medidas sociales realistas y efectivas, no guillotinas, horcas o incendios bancarios. Busquemos el cambio, pero el cambio tranquilo, razonable, equilibrado y confiable. Un cambio en el que quepamos todos, en el que todos encontremos nuestro sitio. Si el camino del cambio que proponen es el de la revolución contra el enemigo, que no es otro que el diferente, sus votantes quizá deberían empezar a buscar otras propuestas, otros partidos, otras opciones, que se desarrollen desde la política de la tolerancia, no desde la del odio.

miércoles, 10 de junio de 2015

¡Pactos pactos, que es lo que les jode!


No sé vosotros, pero yo estoy harto de oír decir a todo el mundo qué es la democracia. Y cada uno dice lo que le viene en gana o, en su defecto, lo que le viene bien según el caso, es decir, según los resultados que hayan obtenido en las urnas.

Sí quisiera puntualizar inicialmente que la democracia no es que gobierne la lista más votada y ya está. No es menos democrático, ni un ejercicio de tiranía insoportable, que los representantes electos de los ciudadanos se sienten, negocien y alcancen pactos para gobernar allí donde han sido elegidos. De hecho, esto es un ejercicio de política democrática, aunque a algunos se les olvide a conveniencia.

Cuando leo o escucho propuestas de frentes de izquierdas contra el PP o frentes anti-Podemos creo vivir tiempos pasados y, por qué no decirlo, peores. En los que se establecían cordones sanitarios.La propuesta no puede ser establecer un cordón sanitario contra el PP o Podemos por el mero hecho de serlo, cosa distinta es que se alcancen pactos para gobernar en los que el partido que, hasta ahora, ha estado en el poder sea desalojado. Y no estamos hablando de pactos de perdedores, sino de una práctica democrática fundamental en un sistema parlamentario como el español. La respuesta a un resultado electoral no pueden ser los pactos contra el otro ni tampoco puede ser la simplista propuesta de que gobierne el que más votos saque, sin dejar otra opción. 

Conseguir que la democracia funciones, lograr que la gente se siente a hablar y acordar medidas para permitir la investidura de gobiernos es lo que nuestra democracia necesita. Y hacerlo con normalidad y sin necesidad de escuchar críticas a los partidos que alcanzan esos pactos porque ahora lo hacen, igual que las había cuando no lo hacían, sería una muestra de madurez que aún hoy no parece que la vayamos a observar.

Pero estos pactos deben ser pactos programáticos, pactos de propuestas, políticas, medidas, compromisos y comportamientos ante los problemas que requieren solución. No pactos frentistas. Nos vamos a tener que ir acostumbrando al sonido de la palabra "pacto", sirvan como ejemplo los acuerdos alcanzados ayer por Ciudadanos con el PSOE en Andalucía y con el PP en Madrid. Esto es el devenir normal en un sistema democrático cualquiera y el conjunto de la sociedad va a tener que acostumbrarse y valorar debidamente esta parte de la actividad política, para después refrendarla o rechazarla con sus votos.

Confío en que la sociedad española está preparada para ello. Sin embargo, no lo hago tanto en que lo estén aquellos a los que esta sociedad les ha retirado el poder omnímodo de la mayoría absoluta y, quizá, terminen pagando un precio mayor por no aceptar lo que parece un tiempo nuevo. 

miércoles, 27 de mayo de 2015

Adiós a los papeles, algunos los han perdido


Después de los resultados de las elecciones en general, y en la Villa de Madrid en particular, uno creía que la clase política dirigente iba a tener alguna reacción, ya no digo que cayeran del caballo y descubrieran la necesidad de cambiar el rumbo, sólo aspiraba a algún tipo de cambio pero, desde luego, no el que pudimos ver ayer.

Descubrir a Esperanza Aguirre en rueda de prensa afirmando que está dispuesta a entregar la alcaldía al PSOE, con tal de que no gobierne la "izquierda radical que sólo ha obtenido el voto del 31% de los madrileños" que, sin embargo, por una abrumadora mayoría del 62% han votado por los partidos democráticos, digamos buenos, confirma el hecho de que aquí cada cual usa las matemáticas a su antojo.

Sin restar veracidad a que la suma de Aguirre es correcta, en términos estrictamente matemáticos, hay cosas que no me entran en la cabeza. Empezando por la afirmación de Esperanza Aguirre de que Ahora Madrid es un partido que está fuera del espacio democrático de nuestro país, debe ser que los votos se los dieron en una tómbola.

El tan criticado por la candidata electa del PP prurito de pureza con el que se presentaba Podemos ahora, parece, que le asiste a ella en lo que a estirpe democrática se refiere. Y, por si fuera esto poco, además, se ha ofrecido a encabezar un proyecto regenerador para el Partido Popular de Madrid, como si ella no hubiera tenido nada que ver en el diseño orgánico y político de esta agrupación.

Hay en todo ello cierto olor a esos cordones sanitarios indignos que ya surgieron contra el PP tiempo ha y que, parece, que este partido está dispuesto a recuperar, dado que también Rita Barberá ha propuesto algo similar.

Creo que hay gente que no ha entendido nada. Señores Ozores y su ¡Que Vienen los Socialistas! o, en su versión moderna y Popular, ¡Que Vienen los Rojos Bolivarianos! ya no sirve. Los avisos de que Madrid se va a desintegrar en el mar de políticas comunistas que van a destruir la ciudad no es creíble. Más allá de que las potestades normativas de un Ayuntamiento prácticamente impiden que se puedan aplicar medidas de largo alcance que pudieran modificar nuestro marco de convivencia, y de que las propuestas de Ahora Madrid se dirijan, esencialmente, a alterar las  prioridades públicas de la administración, seamos serios, la única forma de destruir una ciudad que la experiencia nos ha demostrado es endeudarla hasta la ruina y, en el caso de Madrid, ese trabajo ya está hecho.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Por una campaña de debates II


Cuando hace unos días escribí sobre la ausencia de Cristina Cifuentes en un debate de candidatos en la Universidad Carlos III de Madrid, lo hice esperando que se celebraran los, cada vez más frecuentes en España, debates electorales televisados. Y en esas nos encontramos, en el ojo del huracán, entre el debate de candidatos a la Comunidad de Madrid ya celebrado, y el más que previsible caos de minidebates que se van a celebrar entre los candidatos a la alcaldía de Madrid.

El debate a seis bandas entre los candidatos de Ciudadanos, PSOE, PP, IU, Podemos y UPyD (por orden de posición de izquierda a derecha) fue más bien soso, con tendencia a lo anodino, envuelto en una aureola de consenso y buenas intenciones poco creíbles y con algunos candidatos navegando entre la bruma de discursos ininteligibles.

Siguiendo el orden establecido, el candidato de Ciudadanos, Ignacio Aguado, estuvo falto de intensidad en algunos tramos del debate, desubicado en algún momento frente a la cámara y correcto y atinado en los momentos en los que exponía sus propuestas, muchas desconocidas, y otras tergiversadas por la propaganda electoral de otros. Perdió la oportunidad de contestar con contundencia a Cristina Cifuentes cuando esta cometió el error de afirmar que, "en una herencia de un inmueble, que no sea la casa habitual, de 250.000€ con el PP el heredero pagaría tan solo 500€, mientras que con el resto de partidos pagaría no menos de 50.000€". Aguado, que ya había explicado su propuesta de modificación del impuesto de sucesiones, se limitó a decir, casi con timidez, al borde de pedir perdón por la corrección, que esa afirmación era falsa. Cierto es que acaba de llegar, pero ha de darse prisa en coger el ritmo y el tono adecuado para competir con garantías en el debate político, porque si no lo hace, propuestas interesantes como su reforma fiscal, la transparencia administrativa o la reforma de los curricula docentes terminarán por dormir el sueño de los justos.

Angel Gabilondo, el candidato del PSOE, fue el que más navegó entre las brumas oscuras de un discurso mal estructurado en el que se agolpaban demasiadas ideas para el escaso tiempo del que disponía y cuya bandera fueron las "soluciones, pero soluciones justas". Aquejado de un mal habitual en catedráticos que no acostumbran a tener su tiempo de exposición limitado,  no todo fue opacidad, tuvo momentos de claridad expositiva y una amplia gama de propuestas. Evitó la confrontación directa, y siempre con sus formas de hombre tranquilo contestó a algunas de las provocaciones, recordándole su pasado de ministro socialista, que le lanzó, especialmente Cifuentes. En definitiva Gabilondo demostró que quizá sea el político idóneo para una legislatura basada en el pacto y la negociación, pero que no lo es para este tipo de debates.

Cristina Cifuentes, candidata del PP, intentó encarnar, ya desde por la mañana en un conocido matinal, el papel de víctima en el debate, un papel que no le cuadra a ella y que no es, en absoluto, creíble. Era sin duda la candidata más dispuesta a la batalla, más dispuesta al debate en estado puro, pero limitada por la necesidad de entenderse con los que le rodeaban y, por qué no decirlo, por una realidad que no la ayudaba demasiado. A parte del error con Ciudadanos, hubo un enfrentamiento estéril con el candidato de Podemos sobre datos de financiación de sanidad y educación que no alcanzó conclusión, y un intento de desacreditar a Gabilondo con datos interesados (llamémosle trampas) que generan cierta imagen negativa. Cifuentes se defendió de los que pudo, recordó continuamente su programa electoral, nos prometió, como tantos otros antes, bajarnos todos los impuestos e ignoró algunos temas que no tienen explicación (como por ejemplo la política de cesión de suelo público para la construcción de colegios privados, o la permisividad respecto de la no gratuidad de los colegios concertados). Salio viva, aunque no reforzada.

El papel de Luis García Montero, aunque en apariencia secundario, resulto ser de más interés del esperado. Más allá de las propuestas, algunas interesantes como la creación de una mesa jurídica de estudio de la contratación pública para luchar contra la corrupción, consiguió trasladar la imagen de un hombre tranquilo, dispuesto a dialogar y trabajar, eso sí, con una premisa previa, que quizá desmienta lo anterior, "expulsar al PP de las instituciones".

El caso de José Manuel López, candidato de Podemos, es distinto. Buscó el enfrentamiento directo con el PP desde el principio, como parte de la estrategia para mostrarse alternativa, aunque no se perdió en él e introdujo muchas de sus propuestas, que se pueden resumir en tres. En el plano económico pretenden fundar un "banco del agua", sea lo que sea eso y sirva para lo que sirva, parece que se refieren a convertir al Canal de Isabel II en un banco público, váyase usted a saber por qué. En el plano de la lucha contra la corrupción la solución son ellos y la transparencia, sin más, ser transparentes y "echar a los que han convertido la corrupción en una forma de gobierno en Madrid". Y respecto de la educación y sanidad su pretensión es volver a la división por zonas de influencia de la región, es decir, impedir que los madrileños acudan al médico o al colegio que deseen (sujeto siempre a disponibilidad) y obligarles a ir al que les toca, que ya se encargarían ellos de que todas las necesidades estuvieran atendidas. En todo caso nada que no fuera esperable, lo que les queda es decidir si les gustan las propuestas.

Y por último, el extraordinario caso de Ramón Marcos, que más allá de su cambio de look a medio debate, y su imagen de listillo, reforzada por guardarse más de tres minutos en el primer bloque a los que ya nadie le podía contestar y, también, por algunas intervenciones incomprensibles como la que hizo en el bloque de corrupción sobre el salario de los políticos, hizo un debate interesante. Aprovechó la experiencia de estos cuatro años en la asamblea para tratar multitud de temas sin respuesta por parte del PP al que acusó de falta de transparencia, y cargó contra el resto de partidos con representación por repartirse la administración de justicia, el Consejo Consultivo o la Cámara de Cuentas de la Comunidad de Madrid. Ellos quieren cambiarlo todo y, "si de ellos depende, se hará todo."

En resumen, más que un debate, seis intentos de mitin. Un ejercicio televisivo estéril, largo, aburrido por momentos y, en general, desaprovechado por unos candidatos con demasiado miedo a equivocarse. Uno cuando ve esto siempre se pregunta, ¿si es un debate y no una conferencia dónde está el público que pregunte? ¿por qué no hay obligación de preguntar y responder por parte de los candidatos? ¿sirve el moderador para algo más que controlar el tiempo? En definitiva, ¿dónde está el debate?

miércoles, 6 de mayo de 2015

Por una campaña de debates


¡Estamos en campaña electoral! o no, según se atenga uno a la ley o a los hechos. Pero ¡Estamos en campaña electoral! por si alguno de ustedes aún no se había dado cuenta. Y en medio de esta precampaña, por ser correcto en los términos, uno esperaría algo nuevo y diferente respecto de las anteriores, aunque solo fuera por el cabreo monumental y el hartazgo generalizado que embarga a los españoles y los separa de los partidos políticos que, tradicionalmente, han sido mayoritarios.

Pues bien, ni se les pase por la cabeza que vamos a ver algo distinto a los tan manidos encuentros de amigos convencidos, también llamados mítines, con la esperanza de colar un titular o, en su defecto, protagonizar una pieza de un minuto en el telediario de las nueve. 

Ni los nuevos partidos, ni el clamor social parece que consigan hacer reaccionar a los partidos tradicionales y acercar a sus candidatos hacia nuevas formas de hacer campaña. como por ejemplo participar de manera activa en iniciativas de debate con el resto de partidos o con los ciudadanos. 

Obviamente los partidos necesitan seguir produciendo noticias a diario para que sus candidatos sean conocidos y sus promesas, de verdad o de mentira, lleguen a oídos de los posibles votantes. Sin ánimo de negar este trabajo de campaña, imprescindible, creo que es necesario exigir a nuestros futuros representantes un verdadero compromiso con el debate público, compromiso que, según parece, no todos tienen.

No pretendo glosar las ventajas de un debate abierto, participativo, dinámico y alejado de los corsés que diseñan los jefes de campaña para sus candidatos. Todas las virtudes que yo pudiera explicar serían entendidas como riesgos por un equipo de campaña temeroso, y los hay, y son muchos. Mi única intención al escribir este breve artículo es alabar el trabajo realizado por unos estudiantes comprometidos con una política mejor, un simple grupo heterogéneo de estudiantes, con distintas opciones ideológicas que pretendieron hace unos días, en la Universidad Carlos III de Madrid, ofrecer un debate cercano con todos los candidatos con opciones de representación en la Comunidad de Madrid. Desgraciadamente, a un Aula Magna abarrotada, como no se veía desde hacía tiempo en la Universidad, se le escamoteo un debate completo, puesto que faltó por venir una candidata.

Considero, desde mi posición de votante y ciudadano político, que es de vital importancia valorar las propuestas de un partido político antes de decidir el voto, pero también que es imprescindible comprender, desde una posición de observancia activa, qué tipo de política estamos votando, qué modelo de relación con la ciudadanía estamos eligiendo y qué sistema de rendición de cuentas estamos avalando, si uno basado en la cercanía, el debate y la exposición clara y abierta de los argumentos y los resultados u otro distinto y, quizá, ya conocido por todos.

No sé si la ausencia de Cristina Cifuentes en el Debate organizado por la Asociación Demos en la Universidad Carlos III de Madrid es la plasmación de su forma de hacer política, o sólo una mala decisión de su equipo de campaña, lo que sí sé es que no es un buen comienzo para una nueva candidata que, quizá, estuviera en disposición de cambiar algunas cosas, pero sólo si realmente quiere.

 Para las propuestas, para el debate, para las preguntas y las respuestas, os enlazo el vídeo del evento.

https://arcamm.uc3m.es/arcamm_3/item/show/499c08c4ce13493d8b85adbd606c0557?order_label=g_publish_date+DESC



lunes, 26 de enero de 2015

¿Se moverá la inmóvil política europea?


Europa se acostaba ayer, después de un largo, lento, anodino y tedioso recuento, con la noticia de la victoria de Syriza. Nada nuevo bajo el sol, nada que no se supiera desde hacía meses y, aún así, se palpa la desazón y el desconcierto en la prensa de este viejo continente y, por lo general, en ese heterogéneo grupo de personas que integran lo que la ortodoxia acierta en llamar "moderados".

Yo, que creo que cumplo con los requisitos socialmente exigidos para considerarme un miembro de tan selecto grupo al que, por otra parte,  cree pertenecer todo aquel que sea preguntado, también los votantes de Syriza o Podemos en España, me pregunto, ¿a qué viene tanto escándalo, tanto miedo, tanta precaución contra el nuevo gobierno griego?

Pongamos en perspectiva algunas cuestiones relevantes a la hora de juzgar un gobierno o, como en este caso, un programa de gobierno. No parece que vayan a destruir el sistema democrático griego, tampoco han propuesto, hasta ahora, medidas que violen los Derechos Humanos, ni las convenciones internacionales, incluyendo los tratados de la Unión Europea, de los que forma parte Grecia. En definitiva, lo que presuntamente quieren hacer es invertir la política económica de la Unión, y ya veremos que pasa.

Entra dentro de la normalidad democrática, alterada por algunas maniobras de las instituciones de la Unión Europea en los últimos años, la llegada de nuevas ideas, de nuevas formas de hacer política y de pensar, de nuevas propuestas para los problemas de siempre, y esa llegada es la que se ha vivido en Grecia y la que estamos viviendo en España. El problema no es la aparición de personajes como Alexis Tsipras o Pablo Iglesias, el problema no son sus ideas, o sus orígenes intelectuales y políticos, que por cierto no son los mismos. El verdadero problema es, quizá, que en Europa tenemos una política anquilosada en el pasado, inmovilista, sin flexibilidad, prácticamente incapaz de dialogar con nuevos actores, encerrada en unos nacionalismos cada vez más exacerbados y dividida por la brecha norte sur de manera cada vez más clara.

No tengo ninguna duda de que algunas de las propuestas de Syriza, de Podemos o de otros partidos similares son absolutamente irrealizables, simple y llanamente porque las matemáticas son una ciencia exacta, y si no te salen las cuentas y no puedes pagar el coste de tus promesas, no las vas a poder cumplir. Pero la política europea en vez de contestar a esas propuestas con medidas realistas, que mejoren la calidad de vida de los ciudadanos, que resuelvan realmente la dramática situación que se vive en Grecia, ha optado por intentar pintar de rojo, con cuernos y tridente, a estos homines novi, eso sí, sólo después de poner y quitar gobiernos o, como en el caso de Grecia, gobernar directamente el país, ofreciendo el caldo de cultivo en el que estos partidos han crecido.


Puede ser un espejismo, pero algo parece estar moviéndose en el sufrido sur de Europa. La forma de hacer política ha cambiado, surgen nuevos líderes, surgen nuevas propuestas, surgen nuevos partidos y la relación de fuerzas se altera. Las viejas formas, los viejos lideres y las viejas medidas parecen haber caducado ante un nuevo impulso.


Es el momento de asumir la responsabilidad y de afrontar un debate público y abierto sobre la política en Europa, dejando atrás las acusaciones falaces, los eslóganes fáciles, y los ataques personales. Respondiendo a las preguntas complicadas, mostrando las propuestas programáticas, los principios ideológicos y las medidas concretas que cada uno pretende desarrollar y dejando que los ciudadanos elijan en libertad.

Al final, si los grandes partidos siguen despreciando a los pequeños y a los nuevos, negándose a debatir con ellos sobre el fondo de sus diferencias, descalificando a unos (Podemos) e ignorando a otros (Ciudadanos), serán los últimos responsables de que los ciudadanos votemos sin conocer las verdaderas consecuencias de nuestra elección, y las encuestas indican con mucha claridad hacia donde caminan las preferencias de la sociedad española. como lo hacían con las de la griega.

Las fuerzas políticas que tradicionalmente han capitalizado el voto de los "moderados" sufren un proceso de descalabro monumental aliñado, en el caso de España, por el más absoluto descrédito y la más negligente dejación de funciones en lo que a la pedagogía política se refiere. En esta situación el rápido auge de partidos nuevos es la consecuencia lógica, lo que resulta absolutamente incomprensible es que, desde los grandes partidos tradicionales la única respuesta que se ofrezca es que ellos son mejores y los otros unos pobres locos descarriados que, mucho me temo van a hacer descarrilar a más de uno.

Pero no se asusten, esto es la democracia y en estos momentos difíciles es precisamente cuando los ciudadanos tenemos que ser votantes concienciados y responsables, aunque hayamos perdido la práctica y no recordemos cómo se hace.
  

jueves, 20 de noviembre de 2014

Pantomima nacional


Entiéndase por pantomima "comedia, farsa, acción de fingir algo que no se siente". Y esto es precisamente lo que hemos podido ver que en días anteriores ha sucedido en el Congreso de los Diputados a cuenta de los viajes de sus Señorías.

La polémica, creo, ha excedido los términos de un debate racional. No considero que nuestros representantes públicos deban informarnos de cuando van a comprar el pan o a visitar a sus progenitores el día de su cumpleaños. No. Pero no es descabellado pedirles que justifiquen los gastos que cargan a las cuentas de las Cámaras, sean viajes o cualesquiera otras actividades, y que esa información nos sea accesible, no para fiscalizarles, sino para decidir si un uso u otro de esos fondos públicos debe afectar a nuestro voto en unas futuras elecciones.

Ante la legítima reclamación de una ciudadanía cansada de despertar cada lunes con nuevas y, si cabe, más escandalosas detenciones que la semana anterior, los grupos parlamentarios en un ejercicio de reflejos políticos, nótese la ironía, reaccionaron negando la mayor para, después, siempre después, aceptar la necesidad de algún mecanismo de control.

Y bien, el mecanismo de control diseñado, no sin la numantina resistencia de algún diputado como el Presidente del Congreso, vino a ser una pantomima. Decidieron que quién mejor para controlar el gasto que hacen que los mismos que realizan ese gasto y, eso sí, como si de la piedra filosofal se tratara, pondrían a disposición del ciudadano, para que pudiera ejercer un verdadero control, la información de todo el gasto realizado en concepto de viajes por los parlamentarios, sin identificar el motivo de los viajes, ni su duración, ni el viajero, ni el coste de cada uno, es decir, pura mímica, la otra definición de la palabra pantomima.

Ahora bien, en un nuevo ejercicio de cintura política, o de filosofía marxista, la de Groucho, en horas veinticuatro el PSOE ya había cambiado de idea sobre el pacto alcanzado, y ellos, motu propio, iban a publicar toda la información desglosada de sus diputados y senadores.

Terminaremos pasando de la política de la pantomima a la del teatro del absurdo, y si no, al tiempo.

lunes, 13 de octubre de 2014

Hay que volver a los clásicos



Tras tanto tiempo en silencio, y escuchando de fondo a Ana Belén, hoy me siento con ganas de escribir y volver a los clásicos, no de la música española de finales de siglo, que también, sino a los clásicos del pensamiento político en los que no siempre, pero con una frecuencia inusitada, seguimos encontrando respuestas a problemas actuales, a problemas que creamos por diversión , entretenimiento o convicción y que terminan por convertirse en una preocupación constante de soluciones, todas, insatisfactorias. No les digo de qué hablo, ya lo sabrán.

En efecto, no hablo de los lanzamientos hipotecarios, aunque podría ser dado que hoy estoy usándolo como ejemplo en clases de Filosofía del Derecho, hablo de Cataluña o Catalunya como prefieran. Hablo, en definitiva, de usted y de mi, de todos, de la forma en la que vivimos, de las relaciones sociales de vecindad, de libertad, democracia y derecho, o de Libertad, Democracia y Derecho.

Pero lo hago con espíritu tranquilo y honesto, por lo que se acabaron los juegos de palabras tramposos, las verdades a medias, los titulares impactantes, los eslóganes vacíos, los (como dicen los teóricos de la comunicación política) frames, digamos, interesados. Y, además, no pretendo alcanzar una conclusión, solo pretendo lo mismo que con mis alumnos de la universidad, plantear preguntas y dudas e invitar a la reflexión crítica.

La democracia como sistema político nunca fue un sistema de gobierno apreciado por los clásicos, así pues, infructuoso sería nuestro esfuerzo de acudir a ellos a buscar respuestas. Lo que sí podemos asegurar es que en, me atrevería a decir, ningún autor contemporáneo encontraríamos una definición de democracia sólo basada en el voto de la mayoría, aún por encima del ordenamiento jurídico. Si cambiáramos voto por voluntad nos encontraríamos, quizá, en el terreno de los filósofos marxistas de la dictadura del proletariado transmutada su teoría a otra cosa ajena a sus planteamientos o, también, en el ámbito de las teorías de Rousseau. 

En todo caso sí que podemos asegurar que la democracia, tal como la entendemos hoy, no es la dictadura de la mayoría por encima y contra todo el que se oponga a su voluntad, sea este un particular, una institución o uno de los legítimos Poderes del Estado. La democracia es la garantía de la libertad de las minorías, la democracia es un sistema de organización social pacífico, es el medio de convivencia de comunidades diversas, no el enemigo de esta diversidad ni el escudo que ampare una lucha identitaria. Dicho esto considero necesario, al menos, plantearse críticamente el contenido de las grandes declaraciones que reclaman el voto para el pueblo de Cataluña, y sólo para él, que desea liberarse, a lo que, por otra parte, en comunicación se le llama una burda falacia ad populum, y esto sí que lo decía un clásico,  Aristóteles para ser exactos.

Sobre los conceptos de Derecho y libertad poco voy a añadir, por falta de tiempo dado que me tengo que ir a impartir otra clase. Sólo diré dos cosas. La idea del gobierno de las leyes, presente desde los albores del pensamiento político, como contraposición y garantía contra el gobierno de los hombres, es un concepto esencial de la estructura política y jurídica de nuestras sociedades. Simplemente es necesario para proteger la libertad y los derechos de los individuos frente a aquellos otros que, alcanzado el poder, quisieran ejercerlo arbitrariamente. La existencia de las leyes y el sometimiento del poder a ellas, es lo único que nos permite ser libres. En palabras de Cicerón podemos decir que la libertad es el sometimiento a la ley. Para todo lo demás sólo puedo recomendar la lectura de uno de sus discursos, el Pro Cluentio.

Bueno en realidad se debe recomendar la lectura de cualquier libro clásico, del que sea. Seguro que podemos aprender más de uno de ellos que de cualquier discurso interesado, tramposo o sesgado que podamos oír o, incluso, de uno sincero. Siempre hay que volver a los clásicos. 

Comentada breve, sucinta y superficialmente la necesidad del Derecho como garantía de nuestros derechos y libertades y fundamento de nuestra democracia, sólo quedaría departir sobre el papel de la política como medio de resolución de conflictos, aunque eso queda emplazado a otro momento de ánimo teorizador, porque ahora sólo podría decir, ¡no hay derecho! a que aún no se esté apenas haciendo política.



martes, 3 de junio de 2014

Del Rey cuasiabdicante a la guillotina tricolor


¡El Rey de España ha abdicado! bueno, lo ha intentado pero, de momento, no ha podido porque desde 1978 en este país no nos ha dado tiempo a preparar la legislación necesaria para regular este proceso.

Empecemos de nuevo. ¡El Rey de España ha intentado abdicar! y en la calle se ha empezado a saltar, a gritar y, casi, a guillotinar:


Me disculpo previamente por la chanza, pero tal expresión de afrancesamiento, tan habitualmente desdeñado en aquella España, me ha sorprendido en extremo, así como el componente conservador y tradicionalista de aquellos que siempre se habían presentado como demócratas progresistas.

Más allá de la icónica imagen de una guillotina envuelta en una tricolor, aunque los colores no empastan bien con la herramienta, símbolo antaño del humanismo penal mas hoy, diría yo, un ligero paso atrás, las manifestaciones de "fervor popular" por la modificación de nuestra forma de Estado merecen un comentario más serio, que no sé si podré hacer.

En primer lugar considero perfectamente legítimas las reclamaciones de un referendum o de una república, libérrimos somos los españoles de reclamar lo que se nos antoje, incluso aunque según éstos mismos la monarquía sea la antítesis de la democracia (Cayo Lara dixit). No estaría de más que, en el marco del debate serio que reclaman, empezaran por hablar con propiedad y diferenciar la forma de la Jefatura del Estado del modo del ejercicio del poder en España.

Lo que sí que no estoy dispuesto a aguantar es que me tomen por tonto, y que me digan que como el Rey deja sus funciones tenemos, necesariamente, que hacer un referéndum para decidir nuestra forma de Estado, porque además muy pocos de los españoles vivos han votado nuestra Constitución.

Punto uno: ¿Acaso cada vez que en Italia, Alemania, Portugal, Francia o Estados Unidos un presidente de la República deja su cargo hay que someter el modelo político a la decisión de todos los ciudadanos? ¿Si España fuera una república pedirían lo mismo cada vez que se acabara un mandato de su máximo dirigente? Sólo pido que se busquen otro motivo, que los hay, y muy buenos, para reclamar que los españoles elijamos. Pero el modelo de Estado no puede ni debe estar continuamente en cuestión, por más que a algunos partidos no les guste el modelo que tenemos, eso no es una razón suficiente. Pueden explicar por qué consideran que el sistema republicano es mejor, más justo, más divertido o más bonito, y pedir a los españoles que les votemos para desarrollar ese programa, pero no nos vendan esta moto, que no cuela.

Punto dos: Es absolutamente falso que porque los españoles de mi generación no hayamos votado nuestra Constitución exista obligación alguna de someterla a refrendo de nuevo. Muchos menos italianos han votado la Constitución de 1949, muchos menos franceses la de 1958, alemanes la de 1949 y que decir de las Constituciones británica o estadounidense. ¿Son por eso Estados no democráticos, Estados ilegítimos, Estados indeseables? No. Las constituciones son normas fundamentales que se otorgan las sociedades para regir los aspectos esenciales de su convivencia por un periodo indeterminado y pretendidamente largo. La legitimidad de las constituciones (democráticas) deriva de su aprobación por el pueblo que las asume, pero no se limita a la supervivencia temporal de todos y cada uno de los sujetos que la han aprobado. Si entendiéramos la legitimidad de este modo, las constituciones no serían válidas más de un día, puesto que al día siguiente de su aprobación alguien que ya puede votar, no la habrá votado, más allá del hecho de que, por supuesto, ninguna de los cuerpos legislativos de España tendría legitimidad suficiente para aplicarlos dado su origen temporal remoto, pongamos un ejemplo, el articulado del Código Civil data de 1888.

Los cambios constitucionales son, posibles, legítimos, y en muchas ocasiones sanos, pero en ningún caso imperativos por el paso del tiempo. La Constitución española puede, y creo que debe, ser modificada. Pero aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid, en este caso que el Rey pasa por la abdicación, para exigir un vuelco total de la Constitución me parece de una flojera argumentativa espeluznante que ofrece pocas garantías de una negociación productiva y positiva para el acuerdo de una reforma de la Carta Magna.

Estoy ansioso por escuchar verdaderos argumentos por parte de aquellos que reclaman otra forma de organización del Estado a favor de sus ideas. Porque si todo lo que tienen que decir, o lo más importante que tienen que decir, es que la sociedad española no es la misma que en 1978, a mi no me vale. La sociedad española ha cambiado pero, en tanto sujeto político, es el mismo que se dio la Constitución hoy vigente, o la de 1931. Y esta sociedad es la que tiene que votar o no votar a los partidos que piden una nueva república y darles así la fuerza suficiente para, desde las Cortes Generales y con el procedimiento legalmente establecido, iniciar los cambios legislativos que hoy, con escasos argumentos, reclaman.

Aplazado queda a otro escrito el momento de discutir conmigo mismo las ventajas y desventajas de un sistema monárquico o republicano aplicados al caso español. Aplazado digo al momento en el que ese debate serio se abra, siendo posible entonces que a mis veintiséis años tarde otros tantos en escribir ese capítulo.